NOTA: 









Hay un Spielberg infantil y un Spielberg adulto. Un Spielberg sentimentalista y otro que no admite concesiones. Un Spielberg que entretiene y uno que agota. Un niño prodigio al que admirar y un Rey Midas que sólo cuenta dólares en taquilla. El que no logra ser John Ford y el que se codea con Kubrick. El que se complementa con John Williams para impactar o el que necesita a John Williams para hacer trampa. Todos combaten, a menudo entre sí, por este Caballo de batalla.
ARGUMENTO
Entre verdes pastos ingleses, el joven Albert (Jeremy Irving) ve nacer un potrillo al que bautiza como Joey. Un vínculo de amistad entre ambos nace también al instante. La penuria acecha a Albert y su familia. Con el tiempo, su padre Ted (Peter Mullan) se verá obligado a poner al animal en venta. La Primera Guerra Mundial estalla. Y ese será el primer destino de Joey. Albert aún no es adulto, no puede seguirle a la batalla.
REPARTO
El casi debutante Jeremy Irving no tiene suficiente carrera a sus espaldas para ser acusado de actor limitado. Su rostro transmite expresiones de frustración, rabia, miedo o lágrimas en los ojos, las emociones más elementales y facilonas del ser humano. Sin embargo, la apuesta de Spielberg por él responde a la necesidad de contar con un co-protagonista (el otro es el caballo) que no
condicione nuestra imagen. No necesita un actor de método porque se dispone a contarnos un relato a la manera clásica, donde son precisamente los sentimientos primarios los que cuentan.
Peter Mullan y Emily Watson encajan perfectamente en sus personajes. Marido gruñón y esposa trabajadora, ambos en la mejor tradición fordiana. Destaca también el papel de Niels Arestroup, al que vimos en Un profeta, un abuelo entrañable al que sólo le queda la esperanza de ver feliz a su nieta.
El resto del reparto, sargentos, tenientes y soldados rasos de uno u otro bando, cumple admirablemente sus funciones militares. Pero son los actores de cuatro patas, Joey y su compañero, los que de verdad levantan la película. Testigos mudos de un incomprensible infierno de odios y un torbellino de emociones humanas y/o animales. Spielberg habrá utilizado varios caballos para un mismo papel, pero las escenas protagonizadas por ellos son sin duda las más emotivas y espectaculares. Ahí está la carrera de Joey, campo de batalla a través, no sabemos si huyendo o en busca de algo. El instinto desbocado mejor interpretado que cualquiera de sus compañeros de dos piernas.
LA PELÍCULA
“Cuando entiendas por qué el horizonte está arriba o abajo de la imagen, y no en el centro, puede que seas un muy buen cineasta. Y ahora vete al carajo”, cuenta la leyenda que le soltó John Ford a un imberbe y avispado Steven.
A lo largo de War horse (Caballo de batalla), Spielberg recurre sin complejos al clasicismo. En la primera parte, el retrato familiar inglés recuerda inevitablemente a las comunidades irlandesas que inmortalizó el tuerto que hacía películas del oeste. Personajes curtidos por miseria, la naturaleza como hogar, mecedoras donde contar leyendas y horizontes rojizos como los de la plantación de Tara. Aunque muy a menudo, Spielberg olvida las lecciones del maestro. Su realización no ahorra en planos aéreos y la estridente música de John Williams subraya los momentos más empalagosos. Se echa en falta la honestidad que sí poseían sus antecesores.
Un caballo como centro del relato, que cambia de dueño como aquel Winchester 73 de Anthony Mann, una historia de amistad y lealtad entre un joven y el animal. Material que en manos del Spielberg que filmó la secuencia final de La lista de Schlinder puede caer en el extremo sonrojo. Afortunadamente, el trasfondo bélico visto por
un animal que entiende de instintos pero no de razonamientos está tratado con la furia y desaliento con que el realizador filmó los atentados de Munich.
Convertido ya en abuelo y rozando la edad de jubilación, los mejores momentos del recorrido son los que Spielberg resuelve demostrando que no pretende ser como los clásicos, si no que ya los ha asumido. Las aspas del molino anunciando un inevitable desenlace es una imagen de una fuerza perturbadora, que demuestra que el niño que quería ser como John Ford tiene voz propia.
Ni qué decir tiene que cuando transita por las trincheras kubrickianas (y de paso las del Gallipolli de Peter Weir), la película alcanza sus cotas más elevadas. El sinsentido y la búsqueda de sentido quedan reflejados como parte de la naturaleza. La aventura en solitario del caballo Joey, el mundo de los humanos reflejado en sus ojos, capaces de las peores atrocidades y los mejores gestos. Es ahí donde queda claro, una vez más, que esto es un cuento, pero que un cuento no por ser sentimental tiene que ser sentimentalista.
CONCLUSIÓN
War horse (Caballo de batalla) no deja de ser un Spielberg moralista hablando sobre el absurdo de la guerra. Pero no olvidemos que nos está contando un cuento sobre heroísmo y cobardía, amistad e incomprensión. Y esta vez no recurre al didactismo de prólogo y epílogo de Salvar al soldado Ryan, por citar un ejemplo en que sus mejores ideas daban al traste por su complejo de superioridad ética.
Su manera de abordar un relato con pretensiones de grandeza sólo podía ser mediante un estilo clásico. El problema es que los clásicos desparecieron hace medio siglo y su aliento murió con ellos. War horse (Caballo de batalla) es puro Spielberg, el mejor y el peor, pero queda lejos de ser un clásico. Categoría que con el tiempo sí alcanzarán otros títulos suyos que no pretendían serlo.
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