Desde esas pandillas de las que formábamos parte en aquellos años de Primaria hasta la identificación bajo una nacionalidad, es muy fácil formar parte de una comunidad. Lugares en los que habitualmente la unión y la protección son elementos capitales. ¿Pero qué pasa cuando esas sociedades improvisadas ocultan algo turbio o éticamente reprobable? En esos momentos probablemente la unión y protección se conviertan en elementos canjeables a cambio de que la figura con poder vea reafirmada su posición. Como probó M. Night Shyamalan en El bosque en muchas ocasiones algunas colectividades tratan de que sus miembros sean solo conscientes de la realidad que ellos ofrecen. Algo que podría acabar derivando en el efecto Milgram que llegaría a explicar el comportamiento, en cierto modo inconsciente, de algunos de los nazis. Javier Gutiérrez y Raúl Sánchez Arévalo son la contrapartida dramática de los Simon Pegg y Nick Frost de Hot Fuzz (Arma fatal) en la última película de Alberto Rodríguez. Dos policías que visitan un pueblo para tratar de averiguar lo que se esconde detrás de la desaparición de dos chicas jóvenes, pero que acabarán descubriendo un lugar con una atmósfera bastante temible y en el que la mayor parte de sus habitantes aterrarían al mismísimo Dale Cooper.

Al estar ambientada en los años posteriores a la muerte de Franco, en La Isla Mínima todavía no existía el euro como unidad monetaria. Ni la peseta. El chantaje funciona como moneda de cambio en este thriller que hace un retrato perturbador de la sociedad. Los dos policías protagonistas del film tienen su visión particular de las cosas y no podría ser más opuesta. Tanto que en un momento de la película la trama se ve bifurcada en dos, cada uno de ellos decide seguir sus particulares pistas que les acabará llevando al mismo lugar. La interpretación que hace Javier Gutiérrez ha sido uno de los elementos más destacados del film (mientras se escribían estas líneas obtuvo un reconocimiento en forma de premio en el Zinemaldi). Posiblemente porque ya nos habíamos habituados a verle haciéndose cargo en muchas ocasiones de proporcionar el relajo cómico en muchas obras, sorprende esta caracterización de policía sin escrúpulos y con ciertos ataques descontrolados de ira propios del Luther que interpretó Idris Alba en la serie del mismo nombre emitida por la BBC.

Comparaciones, ¿acertadas?

Como el thriller policíaco no es un género que abunde en el cine español, las comparaciones y referencias no se han hecho esperar. Curiosamente muchos apuntaban Memories of murder (Crónica de un asesino en serie) como gran influencia, pero a nivel de estructura al menos, el guion de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos tiene más cosas en común con otra película de Bong Joon-ho: The Host. Una de esas múltiples leyes de guion que existen, defendía la maniobra de entrar tarde y salir pronto. Tanto el film coreano como el español empiezan antes de que la trama comience (el monstruo intervenga, las chicas aparezcan) y finalizan varios minutos después de que esta haya sido resuelta. ¿Ignoran por tanto ese consejo? Ni mucho menos. En ambas películas entramos con el principal conflicto ya iniciado. El de sus personajes. Lo que en The Host era un fuerte desequilibrio en un núcleo familiar, en La Isla Mínima es la colisión ideológica entre sus dos protagonistas.

Otro de los nombres que ha salido como referencia ha sido el Zodiac de David Fincher. De nuevo, otra obra del mismo director parece tener bastante más que ver con la película española, y esa no es otra que Seven. El trayecto de los buenos y los malos no es completamente opuesto, sino que se complementa. El reflejo del pasajero en el asiento trasero del coche que vemos en el retrovisor de nuestro vehículo.

El limbo del desenlace

Esas panorámicas aéreas del inicio de la película sobre diferentes trayectos de aspecto cerebral es una manera tan sutil como acertada de representar el rompecabezas que está a punto de comenzar para el personaje de Raúl Sánchez Arévalo, protagonista de La Isla Mínima. En su desenlace el film contiene un giro no tan inesperado como interpretable. ¿Estamos hablando de reinserción? ¿De memoria histórica? La película finaliza con una resolución que podría ser el detonante de una hipotética película más complicada y atrevida que la que acaba siendo esta sexta película de Alberto Rodríguez. Estamos ante uno de esos difíciles casos en los que no podemos discernir fácilmente si el autor decide priorizar la interpretación del espectador o prefiere no meterse en terrenos pantanosos. Dicho esto, la película que nos pone delante el director andaluz no necesita nada de esto para brillar y presentarse como uno de los títulos más sugerentes de este año.

Sobre El Autor

Redactor

Odio a la gente que habla en el cine. Y a la que hace ruido comiendo. Y a la que sacan el móvil para mirarlo en mitad de la película. Y a la que hace cualquiera de estas cosas fuera del cine. Y a las que no.

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