Opinión: 300: El origen de un imperio

“Que haya poesía y belleza en la violencia no es una idea mía, los grandes pintores ya lo desarrollaron mejor que yo…” La frase es de Sam Peckinpah y resumía a la perfección las intenciones de su cine y justificaba plenamente el esteticismo con que adornaba las explosiones sangrientas que impregnaban sus obras. El arma principal (y su marca de la casa por la que injustamente se le recordará) que utilizaba el autor de Grupo salvaje y Quiero la cabeza de Alfredo García para elaborar su discurso era la sala de montaje. Entonces un lugar donde se cortaba y empalmaba a mano y laboriosamente pedazos de celuloide, nada que ver con las mil piruetas que pueden hacerse con varios clics de ratón en ordenadores de máxima potencia.

BLOODY SAM EN EL TERCER MILENIO

Desconocemos si la violencia casi pictórica que luce 300: El origen de un imperio hubiese sido de su agrado. En ese sentido esta precuela/secuela llega al límite de lo que la tecnología es capaz de mostrar a día de hoy (aunque en breve quedará superada: comparese el resultado con la anterior 300 de hace sólo 7 años). Y lo que a Peckinpah terminó por resultarle una maldición (que pasará a la historia por su forma de mostrar la violencia y no por el hálito romántico de su cine) es en la película que nos ocupa, una vez más, su única razón de ser.

El director Noah Munro, como sustituto de Zack Snyder (es un decir, quien manda de nuevo es el diseño de producción), consigue un producto espectacular que maravilla a los sentidos (vista y oído). La sangre saltando, por descontado, pero también encuadres imposibles de extraña belleza aunque en ellos no entre la violencia. También están los ojos (y el cuerpo) de Eva Green y una intensa escena de sexo al estilo HBO como aún no se había visto en cine 3D. ¿Y toda esa estética salvaje, al servicio de qué?

VERSIÓN AUMENTADA, NO CORREGIDA

Efectivamente, esta no es una película de Sam Peckinpah. Lo que ha ganado la tecnología a la hora de representar cruentas batallas lo ha perdido el cine por el lado más importante. Aquí no hay loosers, poesía, épica suicida, ecos de gran cine que te acompaña al abandonar la sala. Lo que vende este 300: El origen de un imperio es lo mismo que el anterior 300, aumentado pero no corregido. Los personajes masculinos han perdido entidad (Sullivan Stapelton resulta igual de musculoso pero más anodino que Gerald Butler) en favor del elenco femenino: Eva Green y Lena Headey. Lo cuál no la convierte por supuesto en un filme feminista, sencillamente se le añade sexo salvaje a la fuerza bruta. Y los escenarios se trasladan en su mayor parte al mar, logrando así el más difícil todavía en las secuencias de batallas navales.

El resultado: estética de la violencia y nada más. Un espectáculo para los sentidos, capaz de atrapar al espectador con su 3D y su furioso sonido envolvente. Puro cómic, al fin y al cabo esa era la obra original de Frank Miller. Lo que invita a la reflexión en la saga 300 es algo ajeno a ella, el hecho de tras ella exista un discurso fascista. Algo que aún así no parece importar a sus responsables y público potencial, su supuesto fascismo es un elemento más. Tal vez porque a estas alturas el cine ha dejado de ser un arma política o ideológica, desplazado por medios de comunicación más accesibles e instantáneos.

DISCURSO Y REPRESENTACIÓN

De Leni Riefenstahl a John Millius queda claro que el discurso de connotaciones totalitarias sienta muy bien al cine espectáculo (o viceversa). Su capacidad de remover al espectador, para bien o para mal, y sobre todo para llegar a un público masivo, suele ser mayor que la polémica que puedan causar nombres como Ken Loach o León de Aranoa. Porque los autores de cariz reaccionario se valen de los sentidos para llamar la atención. Bien saben ellos (los que han pasado a la historia y aquí hasta se podría incluir a John Ford) que basta escuchar media hora a Wagner para querer invadir Polonia (esta es de Woody Allen). Y cuando se intenta intelectualizar, justificar, filosofar o desgranar dicho discurso el resultado se vuelve aún más trivial, baste recordar la patética y panfletaria El único superviviente.

Pero ya hemos dicho que el cine se ha hecho mayor y por eso el alcance ideológico de 300: El origen de un imperio queda ya muy limitado. Imperios conquistando otros imperios, al parecer oprimidos, a sangre y fuego sin que sepamos realmente quiénes son los buenos de la función. ¿Discurso fascista? Más bien discurso vacío. Sólo estética, entretenimiento. Y es que, a parte del espectáculo visual y sonoro, el supuesto discurso se reduce a machos musculosos y hembras de pérfidas miradas gritando palabras ya vacías de contenidos y, por tanto, inofensivas: “gloria”, “patria”, “democracia” o, la más prostituida de todas ,“libertad”. Parafraseando La chaqueta metálica: si me tienen que matar por una palabra, que no sea “libertad”, prefiero que sea “putada”.

Sobre El Autor

Redactor

Marcado por los 80, aquella época mitificada por tantos cinéfilos que hoy vamos de listillos en la que sólo había dos canales de tele y sospechábamos que la peli buena era la que tenía dos rombos porque nos mandaban a la cama. A falta de redes sociales, y siendo pésimo jugador de fútbol-plaza, me refugiaba en sesiones de tarde dobles que proyectaban, en inmensas pantallas que aparecían tras una doble cortina, espectáculos en celuloide rayado. No era de los que rebobinaban las cintas VHS antes de devolverla al videoclub, porque yo tenía un video 2000 y cuando aprendí a manejarlo ya no se alquilaban estrenos para dicho sistema. Y, a diferencia del grueso de chavales ochenteros que querían ser cineastas, mi modelo no era Spielberg. Soy de otra mayoría, la que prefería a Clint Eastwood porque no entendía la moraleja de sus películas y así me parecían más interesantes.

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