En el colectivo español está interiorizado como motivo de mofa el final de Los Serrano debido a que su desenlace se resolvía desvelando que todo lo que los espectadores habían visto durante los cinco años que había estado emitiéndose la serie había sido un sueño de su protagonista, reseteando de esta manera su trama. Algo no precisamente novedoso que otras series como Newhart o Rosseane, por poner dos ejemplos, también habían utilizado. Sin embargo, resulta extraño ver como el elemento de mayor bizarrismo que ofrecía ese clímax de la serie de Globomedia pasó mucho más desapercibido.

Doblando su particular apuesta, los creadores de la serie, quisieron recrear las imágenes del capítulo piloto… con todos sus protagonistas teniendo cinco años más. Reto especialmente complicado en casos como los de los actores Víctor Elías o Natalia Sánchez que en aquellos momentos sufrían las consecuencias de la ebullición de su adolescencia. Quizás en ese contraste entre el capítulo piloto de la serie y el último se contuviera de forma simbólica, y de manera inconsciente y desaprovechada, el legado de la serie reflejado en el paso del tiempo desde su origen hasta el final, algo que infinidad de autores en diferentes materias han intentado capturar desde hace años.

Las series, debido a su formato, siempre han facilitado esta posibilidad, aunque hasta ahora no se haya creado una obra que gire alrededor de ese concepto. Quizás algunas como EastEnders o Coronation Street han sido las que más cerca han estado en atrapar esa esencia al ser tan longevas, que miembros de una misma familia han pasado por ella en diferentes etapas de la misma. En Boyhood (Momentos de una vida), Richard Linklater logra cumplir el reto de cazar 12 años de una vida, fabricando además una cápsula del tiempo, y en tan solo poco más de dos horas y media.

¿Quiénes somos, de dónde venimos y cuánto nos queda?

Decíamos antes que tratar de capturar el tiempo a través del cine no es algo que haya obsesionado exclusivamente a Linklater. Directores como François Truffaut retratando a través de varias películas, diferentes etapas de la vida del Antoine Doniel que “nacía” en Los 400 golpes o Lev Diaz que en 10 horas nos narraba una Evolution of a Filipino Family, son solo dos de los muchos autores que han llevado a la pantalla grande el inexorable paso del tiempo.

¿Qué hace especial entonces a la obra de Richard Linklater? Multitud de cosas pero quizás su principal elemento diferenciador es la absoluta consciencia de su objetivo desde el momento de su concepción. “¡Era hija de alguien y ahora soy la madre de alguien!” grita desesperada al poco de comenzar la película Patricia Arquette y concentra, en cierto modo, esa inminencia de la que vamos a ser testigos a lo largo del film. Boyhood tiene dos claros objetivos: retratar el desarrollo del tiempo y sus consecuencias, y mantener conversaciones reflexivas acerca del todo. No es de extrañar, por tanto, que el encargado de llevar a cabo este proyecto no haya sido otro que el director de Waking Life y la trilogía Before.

Durante los 165 minutos de su metraje, Boyhood (Momentos de una vida) contienen elementos de cine puramente narrativo, experimental y, obviamente, documental. Por supuesto, no sería muy complicado encontrar algunos puntos más flojos en ciertos aspectos de alguna de esas categorías, en determinados momentos de la película. Dicho esto, el simple hecho de conseguir que este tres tipos de cine funcionen de forma orgánica tiene un mérito tan mayúsculo, que reparar en esas pegas (mínimas, todo sea dicho) diría mucho menos del espectador que de la propia película.

Protagonista identificado en el espectador

Funcionando como dispositivo temporal y contextualizando cada etapa de la vida de Mason (y Samantha, y de su madre, y de su padre…) a través de elementos culturales (desde consolas hasta sketches de Funny or Die), Boyhood le lleva al espectador a revivir momentos de su vida que, quizás incluso, nunca vivió. Estamos ante lo más similar un biopic del espectador que jamás se haya creado.

El nivel de empatía que se tiene con Mason da igual y es de una importancia capital, al mismo tiempo. Con una traca final que mantiene que estamos aquí para cumplir una serie de ciclos vitales (de nuevo, esa conversación final entre Patricia Arquette y su hijo en la ficción, antes de que este último se vaya de casa, que nos hace preguntarnos quién es realmente el protagonista de esta obra única), la película de Richard Linklater consigue el hallazgo de finalizar expresando un “Carpe Diem” nostálgico, que por contradictorio que parezca, nunca fue tan lógico. Si nos sentimos abrumados en cuanto comienza a sonar “Deep Blue” de Arcade Fire sobre los créditos finales, solo nos queda preguntarnos qué pudo sentir Ellar Coltrane al ver por primera vez la película finalizada.

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Odio a la gente que habla en el cine. Y a la que hace ruido comiendo. Y a la que sacan el móvil para mirarlo en mitad de la película. Y a la que hace cualquiera de estas cosas fuera del cine. Y a las que no.

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