Opinión: El chef: La receta de la felicidad

De entrante. A la salida de la sala y tras el visionado de El chef: La receta de la felicidad, me vinieron a la mente las recientes bromas (¿) de los guiñoles del plus francés. Aquellas en las que se mofaban de Contador, Nadal y compañía y con las que la pifiaron en todos los sentidos. Y pensaba que hubiera sido menos arriesgado para sus intereses y desde luego más elegante el haber dicho simplemente: “Bueno, pero nuestro cine es mejor”.

PRIMER PLATO

No es necesario tirar de masoquismo y retroceder hasta los tiempos de los Lumiere, Meliés, Vigo o Renoir, pasando por las figuras y obras de Godard, Truffaut, Rohmer, Cocteau, Besson… y así hasta llegar a The artist, en cuyo caso estaríamos haciendo demasiada sangre en la comparación entre ambos cines. Bastará con ver una película como El chef: La receta de la felicidad que, siendo precisamente la comedia más “insípida” de las muchas que hemos visto últimamente del país vecino, viene a constatar que en España, sabe Dios por qué razón, no somos capaces de hacer algo parecido. Y me estoy refiriendo (y por seguir con el argot culinario) a ingredientes tan sencillos como lo agradable, lo ameno, lo elegante. Ni siquiera pido que me haga reír.

El chef: La receta de la felicidad, de hecho, no me arrancó ni media sonrisa. Pero lo mismo me dio. Porque resulta que tanto en El chef: La receta de la felicidad como en Intocable, Bienvenidos al norte, La cena de los idiotas, Los niños del coro, Amelié, The artist y tantas y tantas buenas obras francesas que hemos visto en el último lustro no hay palabrotas, ni polvos por doquier, ni vísceras al aire. El chef: La receta de la felicidad es un historia sencilla que no ganará el Cesar ni llenará las salas, pero a la que uno podrá ir con su hijo o con su madre. Porque en serio… ¿a cuántas películas españolas entramos en compañía de nuestra madre sin cerciorarnos antes de si es una cinta “apta”?. Pues eso no suele pasar con el cine francés. Nada escabroso, nada tétrico. Solo historias para todos los públicos, Jean Reno intentando hacerte pasar un buen rato y alegres catas de vinos y malentendidos entre fogones. Suficiente, en serio.

SEGUNDO PLATO

Pues, y adentrándonos ya en el “segundo plato”, El chef: La receta de la felicidad no es mucho más que eso. Jacky (el polifacético Michael Youn) es un apasionado cocinero amateur sin mucha suerte a la hora de perseguir su gran sueño que gracias al destino consigue finalmente meter cabeza en el afamado restaurante del Masterchef Alexandre Vauclair, (Jean Reno), que no obstante atraviesa sus horas más bajas y anda cerca de perder su tercera estrella Michelín. Aunque a regañadientes, Vauclair y Jacky formarán una combinación explosiva, mezcla de veteranía y talento puro, consiguiendo así sus objetivos entre sketch y sketch, y demostrando que no hay nada como hacer tu trabajo con verdadero amor para que este de sus frutos. Santiago Segura también tendrá hueco en este enredo interpretando al típico Chicote, cocinero español supuestamente grande y obsesionado con la cocina molecular tan de moda. Y habrá severos críticos, y malvados maitres, y simpáticos pinches. Le chef es Ratatouille hecho carne.

DE POSTRE

Lo dicho, una historia sencilla y agradable pero a la postre ciertamente sosa, carente de chispa y en buena medida y a mi juicio debido a la inexistente química de la pareja protagonista. El mítico Jean Reno, Los visitantes al margen, demuestra que hoy por hoy se mueve mejor en el drama y el thriller que en la comedia, o tal vez simplemente esté un tanto “de vuelta” y El chef: La receta de la felicidad no haya sido para él nada más que un encargo para hacer caja, pues no se le ve especialmente entregado en el cometido de hacer reír. Si bien, seamos justos, los diálogos, las situaciones y el argumento en general no ayudan en nada a que esto suceda. Por momentos da incluso la sensación de que El chef: La receta de la felicidad ni siquiera pretende ser comedia, pero llega entonces alguna secuencia con pretensiones hilarantes y resultados vergonzantes. El silencio en la sala es total. Y el cliente pide la cuenta.

Pero sí deja propina. Ha pasado una sencilla velada sin contratiempos, ha visto las calles de París y ha aprendido algo sobre catas de vino y restaurantes de lujo. No ha tenido que taparse los ojos y podrá volver a verla con su hijo, con su madre. Hasta con su abuela.

Y es que no es por azar ni tampoco porque se dopen. Las razones de la superioridad cinematográfica del cine francés son las mismas que las nuestras en el deporte, basadas en innumerables cualidades respaldadas con trabajo y resumidas con un tajante “son mejores”. Podríamos tirar de guiñoles y mostrar nuestra frustración y complejo de inferioridad acusándolos de esto y lo otro, pero yo voto por quedar mejor que ellos y limitarme a decir: “touché”.

Sobre El Autor

Trabajo en eso, estudié lo otro, pero mi pasión y mi vocación siempre han girado en torno a esto, el Cine. Como no tengo el ojo de Coppola, la gracia de Allen ni la cara de Clooney, me dedico a escribir sobre ellos y sobre todo aquello que hace de este arte lo que es: un modo de vida. El mejor.

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