Facebook. Ese lugar en el que podemos estar en constante contacto con nuestros amigos. Esa comunidad que nos facilita estar al tanto de las últimas novedades relativas a nuestros conocidos más cercanos. Esa base de datos en la que puedes dar tu conformidad y aprobación a las últimas actualizaciones de tus colegas. Esa red social en la que, coño, ese amigo tuyo de la infancia al que hace tantos años que no ves acaba de subir una foto junto a su, ahora, mujer. Ya vamos teniendo una edad y es lógico que el matrimonio sea un tema habitual en las conversaciones que surgen dentro de tu círculo. La verdad es que en esas fotos parecen realmente felices. Viendo sus rostros y su complicidad parece evidente que están hechos el uno para el otro. Así que le das al “Me Gusta”.

Twitter. Ese lugar en el que poder estar al tanto de todo lo que pasa a tu alrededor. Esa comunidad que te permite ser consciente de qué es tendencia ahora mismo en cualquier tema que se te venga a la cabeza inmediatamente, sin pensar. Esa base de datos en la que puedes demostrar a tus seguidores qué es lo que piensas acerca de cualquier evento recién sucedido o por suceder, bien escribiéndolo o bien difundiendo algo que otra persona haya escrito previamente. Esa red social en la que, un momento, ¿de verdad van a sacrificar a ese pobre perro? Pero si no tiene la culpa de nada. Mira, ahí dicen que un experto comenta que lo mejor para la ciencia es que sobreviva. Si es que no tienen ni puta idea. Así que lo retwitteas.

Perdida, la última película de David Fincher basada en la novela homónima de Gillian Flynn (encargada del guion de la película), nos deja claro una cosa: si hubo una película romántica, esa fue La red social.

Masa enfurecida

Rápido y furioso. La definición perfecta del usuario medio de Twitter. En una era en la que hace tiempo que 15 segundos de fama quedaron escasos, esta red social de microblogging ha facilitado que todos podamos compartir nuestra valiosa opinión acerca de lo primero que suceda en los próximos cinco minutos. True Detective es la mejor serie de la historia. No hay nada que debamos temer más que el ébola. La muerte de la última celebridad me afecta personalmente mucho más que a ti. Lo único necesario es ser veloz, conciso y que tu postura quede meridianamente clara. Nada de medias tintas. Por supuesto, Perdida tiene como principal argumento la historia de un matrimonio, digamos, disfuncional. A través de ellos hace una excelente (y nada sutil) crítica hacia ciertas convenciones sociales que llevadas al extremo nos hacen ver, de forma bastante incómoda, que en ciertas ocasiones conviene alejarse de según qué dogmas. Pero haríamos un flaco favor al décimo film dirigido por David Fincher si no reparásemos en el contexto en el que sucede esta historia.

Esa torva enfurecida que grita y protesta en la puerta de una casa para, un par de semanas después, aplaudir y aclamar a los habitantes de la misma vivienda, son claro reflejo de la sociedad en la que vivimos ahora. El guion de Gillian Flynn (de la misma manera que la novela) nos raciona la información de forma estratégica, haciéndonos ver que nada es lo que parece. Pero, reconozcámoslo, ¿cuántos de nosotros nos encargamos de establecer una opinión clara acerca de lo que estaba sucediendo a los 20 minutos de la película? ¿Y a los 40? ¿Y a la hora y media? Perdida es clara hija de su tiempo. Una vez vista la película en su totalidad y tras hacer balance, nos daremos cuenta de que el valor y el poder de los medios de comunicación en esta historia son el principal motor de sus protagonistas. A pesar de que creen que se están valiendo de los mismos para su beneficio, lo único que están haciendo es defenderse. De la misma manera que en su particular matrimonio, ambos están obligados a interpretar papeles previamente asignados: “Amo este reloj y amo esta corbata de la misma manera que amo a mi mujer”.

Hasta que la muerte nos separe

“¿Es grave que no sepa cuál es el grupo sanguíneo de mi mujer?” pregunta el policía interpretado por Patrick Fugit a su superiora. Kim Dickens le responde con un rápido y seguro “No”, solo unos segundos después de dudar de la relación que tenía Nick Dunne (un Ben Affleck con una interpretación precisa, de rostro indiferente y sobrado, digno de Tony Soprano especialmente en la primera parte de la película) con su mujer por no poder contestar ese mismo dato, entre otros. Si Derek Cianfrance en Blue Valentine utilizaba para desmontar una relación amorosa una estrategia tan simple y efectiva como era intercalar las imágenes del nacimiento de ese amor con aquellas que reflejaban la decadencia del mismo, esta historia sigue la misma estrategia excepto que añade un pequeño y fundamental elemento: un hipotético crimen.

Quizás el único punto débil que se le puede achacar a la película es que en el guion hay una clara diferencia entre el protagonista y el antagonista, algo que era mucho más difuso en la novela. Amy Dunne parece ser la única afectada por el declive de su matrimonio y eso hace que ponga en marcha el detonante del film, que no mencionaremos para evitar futuros spoilers. En cualquier caso, el personaje interpretado por Rosamund Pike parece ser la desequilibrada mientras que Nick solo puede nadar a contracorriente y tratar de quedar a salvo, casi quedando como víctima de la historia (a pesar de su historial). Lo mejor de todo esto es que el desenlace de la película (que más que cambio respecto al libro, se queda en ligera extensión) puede valer como respuesta diabólica al esperanzador final de Olvídate de mí. El matrimonio como celda de la que nunca poder escapar.

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Redactor

Odio a la gente que habla en el cine. Y a la que hace ruido comiendo. Y a la que sacan el móvil para mirarlo en mitad de la película. Y a la que hace cualquiera de estas cosas fuera del cine. Y a las que no.

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