Opinión: Her

¿Se puede amar a un sistema operativo que nos escucha, nos comprende, pero al que no podemos ver ni tocar? ¿Se puede estar enamorado de alguien a quien ni siquiera conocemos en persona? ¿Se puede llevar una relación a distancia? ¿Cuántas diferencias existen entre una relación con alguien que vive en la otra punta del mundo y al que sólo sentimos a través de pantallas, y una relación con la voz de un ordenador? ¿Qué nos une? ¿Qué diferencia hay entre pasarse todo el día pendiente de recibir ese email, ese mensaje, de oír esa voz al otro lado del hilo, y la relación que tiene Theodore con su sistema operativo? ¿Se puede amar a una voz, a un ser artificial, que nos conoce mejor de lo que nunca nadie nos ha conocido, a pesar de ser intangible? ¿Acaso no necesitamos simplemente sentirnos conectados con algo o alguien, aunque esté a un millón de millas?

Estos y muchos más dilemas son los que plantea el siempre particular Spike Jonze en Her, en una época en que las relaciones cara a cara están en peligro de extinción, nos enamoramos por internet, nos hacen entrevistas de trabajo por Skype, nos comunican las muertes por WhatsApp, nos enteramos de los nacimientos de familiares por Facebook y de sus nuevos trabajos por LinkedIn. ¿Existe mayor alienación? No hay más que salir a la calle; vivimos más pendientes de nuestro smartphone que de la persona que tenemos delante. Se diría que muchos tienen ya una relación con su móvil u ordenador.

De hecho, parece que Theodore y su amiga (real) Amy congenian a la perfección y están hechos el uno para el otro, pero quizás la excesiva virtualización del mundo les impide ya ver la realidad que tienen ante los ojos. En vez de eso, Theodore entra todas las noches en algún chat anónimo para establecer un poco de contacto con alguna de las demás almas perdidas que nadan en esa pecera, como diría Pink Floyd, porque se siente terriblemente solo en ese mundo tan grande y tecnificado.

En un futuro en el que ya nadie escribe cartas a mano, Theodore lo hace por ellos, y escribe porque lo necesita, porque sólo así puede expresar todas aquellas emociones que es incapaz de exteriorizar y gestionar en su monótona vida real. Pero toda esa gente para la que escribe cartas personales también está alienada. Los amantes no escriben a sus amadas, los padres no escriben a sus hijos. Sin ir más lejos, en la actualidad mucha gente ya ni escribe en sus propios blogs, esos espacios creados originalmente a modo de diarios personales. Contratan a otras personas para que escriban por ellos. ¿Qué queda entonces de esas personas? ¿No está la sociedad ya más robotizada que Theodore? ¿No es eso más impersonal, frío e irreal que la relación entre Theodore y Samantha?

Como en el film de Spielberg, Inteligencia Artificial, Jonze se plantea la pregunta ¿puede un robot/sistema operativo amar? Estos seres artificiales no desean más que amar y sentir como humanos, emulando a sus creadores, pero en definitiva ese afecto no es real; no es más que una serie de cables y circuitos creados por el ser humano que, incapaz de encontrar la perfección en el mundo real, recurre al artificial. Y entrometerse en el trabajo de los dioses es siempre peligroso. Los dioses vigilan siempre a los creadores, sospechando de científicos y artistas arrogantes que los desafían intentando hacer nacer la vida.

SAMANTHA Y EL MITO DE PIGMALIÓN

En un mundo perfectamente cuadriculado, organizado y medido, Samantha le ofrece a Theodore una vía de escape: le aporta joie de vivre. Es más divertida que los humanos, y lo conoce muy bien, quizás demasiado bien; Samantha es demasiado perfecta, y no parece casualidad que se llame así, pues su nombre significa “la que sabe escuchar”.

Pero como un Pigmalión que se enamora de su creación, la relación entre Theodore y Samantha está destinada a morir; porque, al fin y al cabo, Samantha es un sistema operativo, un ser (quizás) superior, que no existe. Un ente del que Theodore se siente cada vez más alejado, y ahí empiezan las dudas, temores e inseguridades. Es entonces cuando el creador comienza a temer que otros le arrebaten su perfecta criatura. ¿Le estará siendo fiel un sofisticado e inteligente ordenador al que no puede ver ni controlar físicamente? Esta tensión estalla en mil pedazos en la devastadora escena en que Samantha le confiesa a Theodore que está hablando con más de 8000 personas mientras conversa con él, y que en ese momento está enamorada de más de 600.

El mito de la creación de vida artificial de la mano del hombre, sin intervención divina ni sexual, tiene dos grandes exponentes: Prometeo fue el primero que osó robar ese poder a los dioses, arrebatándoles el fuego para entregárselo a los humanos y así conducirlos a la emancipación. De este mito surgirían Frankenstein y personajes derivados, desde Pinocho a Eduardo Manostijeras. El otro gran creador de vida, Pigmalión, había decidido permanecer soltero, incapaz de encontrar a la mujer perfecta. Desde entonces se dedicó a crear las más hermosas estatuas y se enamoró de una de ellas, la perfecta Galatea, que finalmente adquirió vida. Como le ocurre a Theodore con su Samantha, en estas historias el creador se enamora del ser artificial, pero al final la obra creada no aporta ninguna felicidad, sino que no es más que el espejo deformador de la destrucción de su creador.

CONCLUSIONES

Her es una de esas películas que tiene la habilidad de hacerte ver la vida, las relaciones y el futuro desde una nueva perspectiva. Te remueve y te hace replantear cosas. ¿Podemos acabar así todos dentro de no tantos años? Viendo el panorama actual, parece que no falta mucho. Her es maravillosa, original, demoledora y tan irreal como real. Sin duda, una de las propuestas más interesantes del año. Por supuesto, no sería lo mismo sin un gran Joaquin Phoenix y su banda sonora, que crea y potencia el ambiente melancólico de la cinta, aderezado con algunos trazos robóticos.

Her habla sobre intentar conectar, no solo literalmente con sistemas operativos y ordenadores, sino con la gente, los unos con los otros. ¿No estamos todos solos? Tenemos toda la tecnología a nuestro alcance y sí, permanecemos perpetuamente hiperconectados con el mundo a través de chats, redes sociales y webcams. ¿Pero no necesitamos también un poco de contacto humano?

¿Puede lo que siente Theodore ser amor? Según la RAE, el amor es un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Se podría discutir si Samantha es un ser y, por tanto, puede amar. Lo que está claro es que Theodore es un humano y que, como tal, no está completo sin la unión (sentimental, espiritual, carnal, amorosa) con otro ser. En fin, sin vínculos, enlaces y conexiones con otros individuos.

Pero la descripción de amor va más allá, y también puede ser cualquier “sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo”. Entonces, ¿se puede amar a un ente inmaterial? Puede que sí, y más si ese ser anónimo te oye, te entiende y te conoce mejor que nada ni nadie en el mundo.

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