Tod Browning fue un director, actor y guionista norteamericano que tras iniciarse en el mundo del espectáculo a través del circo, llegó al cine para trabajar con nombres del calibre de Lon Chaney, Joan Crawford o Béla Lugosi entre muchos otros. Sus películas se expandieron tanto por la época muda como por la sonora y trabajó para varias de las Majors más importantes de América como fueron la Universal o la Metro Goldwyn Meyer. Precisamente de sus inicios, del circo, es de donde sacó el paisaje donde ubicar la historia que seguramente más reconocido le ha hecho, con permiso de Dracula. Se trata de La parada de los monstruos (Freaks). Extensos cortes de metraje, censuras y malas críticas fueron los que provocaron que ésta pasase a ser una película maldita y que pese a ser un clásico en la actualidad, en el momento de su estreno significase el inicio del fin de la carrera del director.

ARGUMENTO

Hans y Frieda estan prometidos y van a casarse. Trabajan en el circo y todo va bien hasta que Hans se enamora de la pérfida Cleopatra. Esta relación hará palpable para Hans el desprecio y repugnancia que la mujer objeto de sus deseos siente por él. Cleopatra sólo accede a casarse por él por su dinero y urdirá un plan junto a Hércules, su amante, para asesinar a Hans. Pero ni Frieda, ni los compañeros de Hans se quedarán de brazos cruzados.

REPARTO

El protagonismo absoluto de la historia recae sobre ellos, sobre los llamados “freaks”. Los hermanos enanos Harry y Daisy Earles, las siamesas Violet y Daisy Hilton o el torso viviente Prince Randian, son unos pocos de los que conforman el grupo que junto a Venus (Leila Hyams) y Phroso (Wallace Ford) se opondrán firmemente a sus opresores Hércules (Henry Victor) y Cleopatra (Olga Baclanova). Pero la realidad es que todos ellos son opresores y oprimidos. Aunque la venganza que tejen sea por un lado razonable, por el otro les conduce directamente a los mismos sentimientos de odio y rencor que sienten los villanos. De este modo todo el conjunto de personajes navega por sus luces y por sus sombras. Del lado amable del carácter al lado menos amable. En definitiva todos ellos navegan y son presas ni más ni menos que de lo más inevitable, la naturaleza del ser humano.

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LA PELÍCULA

El mundo del circo. Ese mundo de fantasía que encandila a los más pequeños con animales salvajes, con payasos esperpénticos o con valientes trapecistas que vuelan por el cielo realizando increíbles piruetas. Pero tras todo el esplendor frontal se esconde otra realidad. Una desencantada dicotomía se produce y los animales salvajes pasan a ser animales encarcelados, los payasos resultan tener lágrimas rodando por sus mejillas y además, nos damos cuenta de que incluso los trapecistas están obligados a bajar al mundo real de vez en cuando, como todo ser humano. Una dualidad semejante a la del circo se produce en el cine en el que todo parece perfecto, todo es ensueño, la magia vuelva por cada rincón hasta que los focos se apagan y curiosamente cuando se apagan es cuando empieza a relucir la realidad que hay tras las cámaras, ya sea ésta buena o mala.

En La parada de los monstruos ambos mundos se mezclan, el circo y el cine. Ambos cohabitan en el terreno del espectáculo siendo muy diferentes pero a la vez muy parecidos. Varios son los ejemplos que han tratado del mundo del circo sobre celuloide. Ahí tenemos el espectáculo visual en el que se convierte El maravilloso mundo el circo de Henry Hathaway con John Wayne acompañado por las deslumbrantes Rita Hayworth y Claudia Cardinale o Trapecio en el que el triángulo formado entre Gina Lollobrigida, Burt Lancaster y Tony Curtis se convertía en el eje sobre el que giraba la historia. Todas estas películas tienen algo en común y es que dan una visión muy distinta a la que en un principio se tiene sobre ese mundo cuando se es pequeño.

La parada de los monstruos bebe de esa visión, de la visión más dramática de la ilusión. Muestra el lado más aterrador de ese mundo y del mundo en general, por extensión. La crueldad del ser humano con sus semejantes.

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Tod Browning crea una historia en la que lo más espeluznante no resultan ser los “monstruos” sino las más bajas formas que puede adoptar el comportamiento humano, del mismo modo que lo hacía David Lynch en El hombre elefante. La monstruosidad es expuesta ante los ojos de un espectador que, con que tenga un mínimo de humanidad, se siente compungido por el modo en que pueden ser llegados a tratar sus semejantes. Semejantes, personas cuyo único delito por el que son repetidamente castigados y humillados ha sido nacer diferentes a la norma.

A diferencia de Lynch en que, aunque basado en una historia real, el aspecto del protagonista era producto del maquillaje, la película de Browning tiene la valentía de mostrar la realidad tal cual es. Reúne a esas personas que la sociedad margina y les da una cierta voz, les da la oportunidad de gritar al mundo que también existen y sobretodo de poder decir a los cuatro vientos que no son monstruos, que son personas, que sienten y padecen, aunque la gran mayoría de la sociedad opte por negarles esa naturalidad de sentimientos, quizás para sentirse más cómodos con el rechazo y la vileza con la que muchas personas se comportan.

Es llamativa la introducción que se realiza antes de los títulos de crédito en la que se avisa a los espectadores de lo que van a ver. Se les pone en guardia ante las monstruosidades que van a ver, un espectáculo del que también informan que va a desaparecer ya que la ciencia se va a encargar de corregir a las personas que nazcan defectuosas. Ochenta y un años después no parecen haber cambiado mucho las cosas. La naturaleza sigue su curso y por mucho que la sociedad se empeñe en fabricar a clones perfectos, a seres directamente salidos de la novela de Huxley (Un mundo feliz), los defectos se seguirán sucediendo y la sociedad seguirá marginando a los seres que salgan de la norma establecida. La hipocresía seguirá reinando sobre un rechazo que en el fondo atrae porque en cierto modo hace sentirse bien con uno mismo, hace sentirse algo superior al resto.

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La escena inicial poco menos que magistral muestra el horror, la marginación, el no querer ver de la sociedad hacia algo por lo que en realidad se siente atraído. La intensidad, la angustia, el pavor que el director logra en una breve escena es remarcable. Un grupo de personas aparecen en escena y son advertidos de que van a ver algo monstruoso, a una mujer que antes era hermosa que incluso los príncipes bebían los vientos por ella. El grupo se acerca a un hueco que hay en el suelo dentro del cual esta lo que todos ansían ver, la deformidad que les hará sentir mejor.

Ante la visión los gritos de horror se van sucediendo a la vez que la curiosidad por ver lo que los personajes están viendo crece en el espectador. Pero Browning lo mantendrá en fuera de plano, no dejará que el público se recree ante el espectáculo, no por lo menos hasta que haya contado su historia. De este modo el público no tiene más remedio que seguir con atención toda la historia aunque sólo sea por satisfacer su propia curiosidad.

Sugestivo es el modo en que la luz va construyendo la historia. Contrariamente a lo que pueda parecer empieza con mucha claridad. Una luminosidad que se llega a su cenit en el paseo durante el cual vemos por primera vez a los protagonistas, cuando Madame Tetrallini, su cuidadora, les lleva a tomar el sol. Allí bajo la luz cegadora, los niños como ella les llama, padecerán el primer de los rechazos que veremos caer sobre ellos al quedar expuestos totalmente a la visión del resto de personas. A la vez que los ánimos se van oscureciendo como consecuencia de las desventuras que los personajes van sufriendo la luz se vuelve cada vez más aterradora, más intensamente expresionista, construyendo espacios y ambientes en los que el grupo de compañeros puedan esconderse de la mezquindad de los villanos del relato. Es en esa oscuridad precisamente donde se producirá el más tenebroso de los sucesos.

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Allí escondida habitará la más merecida de las venganzas. Las sombras dibujan unos cuerpos que resultan siniestros pero no por su aspecto sino por su intención. Por las sensaciones que provocan sus miradas, por el modo en que clavan sus ojos sobre la futura presa, por el silencio que manda en el ambiente solamente atenuado por la lluvia incesante. Por la lentitud y estaticidad con la que uno a uno van moviéndose por el terreno que mas conocen, el de la oscuridad. Una oscuridad que se convertirá en un miembro más de la revancha de la que el espectador va a ser testigo.

CONCLUSIÓN

La parada de los monstruos es una de esas películas que fascinan. En este caso pero, la fascinación llega a través de algo que no es habitual. La seducción no llega a través de lo bello sino a través de lo deforme, a través de la modificación de lo desagradablemente conocido como normalidad. Pese a los cortes sufridos en metraje y que hasta nuestros días sólo haya llegado una mínima parte de lo que era el original, privándonos de escenas que prometían ser míticas como el rumoreado final de Hércules convertido en un castrati, la película regala igualmente una belleza inusitada, un interés devastador y sobretodo el poder ver reflejado en pantalla algo a lo que muchas veces cerramos los ojos, algo que también, en ocasiones, puede formar parte de todos nosotros, la crueldad.

La parada de los monstruos
4.3Nota Final
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Sobre El Autor

Redactora

El silencio de Vulnavia me inspiró. Más tarde Marlene y El club Silencio. Desde entonces he estudiado producción, dirección y crítica cinematográfica, pero sigo andando por el camino de baldosas amarillas.

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