Que hacemos con Maisie CartelEl título original de la nueva película de David Siegel y Scott McGehee (What Maisie Knew) traducida al español con un menos apropiado ¿Qué hacemos con Maisie?, nos da ya algunas de las claves para desentrañar el sentido de un film filtrado por la mirada infantil de su protagonista. Así, el inseparable tándem de directores nos regala la que será su quinta película juntos desde que iniciaran su carrera en el largo con Suture (1993), retomando algunas de sus constantes temáticas como es la de la familia en su proceso de destrucción.

ARGUMENTO

Maisie es la hija de una cantante de rock alocada y de un hombre cuyos negocios lo hacen viajar constantemente. Cuando su matrimonio se rompe, ambos luchan por la custodia de la niña, que vive entre dos casas, obligada a adaptarse a todos los avatares que los descuidos de sus progenitores provocan. En esta situación, Maisie se encariña con las respectivas nuevas parejas de sus padres, que parecen cuidar más de ella que aquellos. En este proceso, las consecuencias del egoísmo de ambos padres resultarán dañinas tanto para la niña como para todos los que la rodean.

REPARTO

Una de las grandes virtudes de la película es sin duda su impagable reparto, capitaneado por Onata Aprile, que dota a Maisie de una mirada infantil única, llena de significado, a la altura de los grandes niños-actores de películas como De tal padre, tal hijo, Tomboy o El espíritu de la colmena. Pero la calidad actoral del film no termina aquí, pues ésta está rodeada por un elenco de estrellas a su altura. Julianne Moore logra dotar de verdad a ese personaje materno ambivalente, que combina un enorme amor por su hija con una incapacidad para cuidar de ella. A su lado, el habitualmente cómico y actor fetiche de Winterbottom, Steve Coogan construye con escasos pero precisos gestos a una figura paterna huidiza e irresponsable. Los secundarios jóvenes, Alexander Skarsgård y Joanna Vanderham presentan unas actuaciones naturales y absolutamente creíbles, y se muestran capaces de sostener su engorroso papel de “buenos de la función”.

LA PELÍCULA

El tándem Siegel-McGehee ya demostró en su contenidamente bizarra La huella del silencio una gran pericia para enfrentarse a la etiqueta de “película de niños”. En aquella, una atmósfera mística que acababa haciéndose dueña del relato alejaba el film del riesgo de caer en los múltiples lugares comunes hollywoodienses que su premisa prometía. En su nueva creación, ambos directores viran hacia el territorio del cine indie de relaciones más convencional, pero conservan intacta su capacidad para sortear la ñoñería a la hora de abordar la temática de la desestructuración familiar.

¿Qué hacemos con Maisie? encuentra así uno de sus grandes logros en un guión confeccionado al milímetro, que relata con envidiable equilibrio emocional los avatares que una niña de ocho años se ve obligada a vivir. Fortalecida por un tono que huye de la afectación y la gravedad, y dotada de unos diálogos que brillan por su naturalidad espontánea, la película narra con una asepsia en ocasiones inquietante la que es la odisea vital de Maisie, criatura inocente situada en el centro del huracán emocional, jurídico y laboral en el que se encuentran sus irresponsables y egoístas progenitores.

En este sentido, la película busca que el espectador comparta estrictamente la misma experiencia que su protagonista infantil, focalizando el relato desde su interioridad. Aquí nace una de las ideas más acertadas del film, y es la de que nosotros oímos y vemos en tanto que la niña lo hace, aunque esa información tan sólo puede ser plenamente comprendida por un espectador adulto. Así, en todas las discusiones entre padres, o entre estos y sus respectivas parejas, Maisie se convierte en un espectador de mirada críptica. Es de esta mirada, de esa total igualación entre el saber de la niña y el del espectador, de la que nace la crítica educativa más sutil y eficaz de la película, evidenciando lo traumático del hecho de ser asistente prematuro a un drama familiar que quiebra los muros de un universo infantil supuestamente placentero.

Sin embargo, y tal vez llevada por su obsesivo talante equilibrado, ¿Qué hacemos con Maisie? falta de un retrato psicológico de su protagonista más desarrollado y profundo. La interioridad de esa niña, cuya situación conduciría a cualquiera a un estado mental esquizoide, parece en el film no sufrir las consecuencias que su destartalada vida conllevaría en un infante de tal edad. Tan sólo parece la película hacer una concesión al sentimentalismo, con esa lágrima que asoma en el rostro de Maisie y que enseguida se nos es amputada por arte del montaje. En este caso, no sólo una sino muchas más lágrimas eran necesarias para que ese personaje se alejase de su carácter de autómata ultra-adaptable y se presentase al espectador como un verdadero niño huérfano.

Este aspecto excesivamente automatizado, y en cierto sentido, naíf, es el que hace derivar la película en un final que decae ya no sólo por su convencionalidad, sino por su incapacidad para plantear las verdaderas consecuencias de todo el proceso vivido por Maisie.

CONCLUSIÓN

Película de conclusiones difíciles, ¿Qué hacemos con Maisie? es un retrato verista sobre el proceso de desestructuración de una familia. Sin caer nunca en el melodrama almibarado o excesivamente tremendista, la película gustará a todo ciudadano sensato, que busque un entretenimiento digno, pero alejado de las grandes películas que bucean con verdadera profundidad en la interioridad infantil en su proceso de descubrimiento del mundo adulto.

¿Qué hacemos con Maisie?
3.5Nota Final
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