Después de haber sido aclamado por crítica y público tras el estreno de Drive, Palma de oro en Cannes hace dos años, el director danés Nicolas Windign Refn vuelve con Solo Dios perdona, un largometraje a caballo entre el thriller gangsteril y el western, con cierto toque autoral, ambientado en los barrios bajos de Bangkok. A pesar de repetir ciertos elementos de su predecesora, parquedad de diálogos, altas dosis de violencia y Ryan Gosling interpretando al héroe trágico de pasado oscuro, la película recibió una acogida más bien tibia en su estreno en la última edición del Festival de Cannes.

Aun así, y aunque es posible que no alcance el nivel de excelencia de Drive, podemos afirmar que Winding Refn no ha perdido un ápice de su brillantez y elegancia al filmar, ya que la película, dedicada a Alejandro Jodorowsky, posee un poderío visual más que suficiente para situarse por encima de la media de los largometrajes que se han estrenado en este 2013. Así que, sin más dilaciones, pasamos a comentarla.

ARGUMENTO

Julian es un pequeño gángster que regenta un club de muay thai en Bangkok que le sirve como tapadera para sus negocios ilegales. Cuando su hermano mayor es asesinado, tras haber violado y matado previamente a una niña de 16 años, su madre, a la que no ve desde hace años y que dirige una organización criminal, vuela hasta la capital tailandesa para exigirle que encuentre a los responsables y se cobre venganza. Esto provocará que se reabran viejas heridas y llevará a Julian a enfrentarse a Chang, un teniente de policía, idolatrado por el resto de miembros del cuerpo, que dicta la ley a golpe de katana.

REPARTO

En Solo Dios perdona nos volvemos a encontrar con un personaje protagonista, al igual que sucedía en Drive, que representa al héroe acostumbrado a perder que vive atormentado por su pasado y que acepta su culpa en silencio a la espera de una redención que sólo puede alcanzar de forma trágica. Este es el caso de Julian, encarnado de nuevo por Ryan Gosling, un pequeño gángster que regenta un club de muay thai y que vaga por los prostíbulos de Bangkok buscando llenar su vacío espiritual. Una vez más, el rostro hierático de Ryan Gosling retoma una interpretación, al estilo de los actores Bressonianos, en la que expresa más por los silencios que por lo que verbaliza.

Esta vez al personaje se le añade un componente edípico, parricidio incluido, en la relación que Julian sostiene con su autoritaria y vengativa madre, jefa de una organización criminal, brillantemente interpretada por Kristin Scott Thomas, que supone el personaje más original e interesante de la cinta. Para el recuerdo quedará el diálogo, cuasi Tarantiniano, que mantiene ésta durante la cena con su hijo Julian y la prostituta Mai.

El triángulo protagónico lo cierra el actor tailandés Vithaya Pansringarm que da vida a Chang, un severo y beligerante teniente de policía que es considerado casi como una deidad por sus subordinados y que dicta sentencia con su katana obedeciendo a un sanguinario código de honor. A pesar de la notable interpretación del tailandés, se agradecería conocer más matices del pasado de Chang ya que, sin duda, se trata del personaje en el que menos se profundiza.

LA PELÍCULA

Según palabras del propio Winding Refn estamos ante “un Western, ambientado en Bangkok, en el que un teniente de policía que se cree Dios tiene que enfrentarse con un pequeño gángster que está pasando una época de vacío espiritual”. ¿Western? Puede, pero desde luego uno que sigue las convenciones del género a su manera y que no duda en saltárselas cuando el autor lo requiere, dando casi tanta importancia al componente espiritual de la cinta como a los enfrentamientos físicos entre ambos bandos.

Es evidente que, como hemos dicho, el tema central de la película es la venganza. Tema recurrente en los clásicos del género. Sin embargo, aquí la venganza se cocina a fuego lento, es este un ¿western? pausado en el que el silencio sólo se rompe en el momento que la sangre salpica, de manera brutal, la pantalla. La violencia, como en toda la filmografía de su autor, se nos muestra sin cortapisas, primeros planos de seccionamiento de un ojo incluidos, haciendo ganar en crudeza al relato.

Aunque algunos la han tachado de gratuita, esta supuso la principal crítica que se le achacó en el Festival de Cannes, se nos antoja lógico que tratándose de una película cuyo tema central es la venganza, aunque es cierto que podría ser evitable en algunas ocasiones, el relato se preste a ello. Pero Windign Refn, al igual que hicieron anteriormente Sam Peckinpah, John Boorman o como hoy hace el propio Tarantino, opta por mostrar la violencia en todo su esplendor en lugar de sugerirla, una opción tan lícita como la otra. Por eso, juzgar la película en relación a la existencia de mayor o menor violencia se nos antoja estúpido en pleno siglo XXI. Por lo tanto, retomemos el análisis en función de los valores intrínsecos de la película.

Lejos queda ya el estilo semi-documental de la primera parte de la trilogía Pusher, que supuso el debut del director danés, en la que fotografiaba de forma árida y sucia la violencia de los bajos fondos de su Copenhague natal. Ni rastro de “feísmo” en la estilizada fotografía con la que se muestran las calles de la capital tailandesa que, conjugada con un más que meritorio diseño de sonido, se presenta ante el espectador como algo de una belleza casi hipnótica. Winding Refn afina aquí todavía más su estilo: espléndidos planos cenitales, buen uso de la profundidad de campo, travellings circulares, cámara lenta, etc… Para comprobarlo no hace falta más que contemplar secuencias como en la que el teniente de policía entrena con su katana, a lo Forest Whitaker en Ghost Dog, a orillas de un río en la que el sonido del arma se funde con los sintetizadores de la banda sonora. Sin duda, estamos ante una obra visualmente impecable en lo que al apartado técnico se refiere.

Sin embargo, a pesar de contar con secuencias estimulantes, como la anteriormente citada o esa en la que Julian introduce su mano en el vientre de su madre de forma metafórica, la historia no llega a calar de la misma manera que lo hacía su anterior largometraje impidiendo que la película logre alcanzar el nivel de su antecesora. Esto se debe fundamentalmente al poco recorrido que se le otorga a la subtrama amorosa entre Julian y la prostituta Mai, dificultando que el espectador consiga implicarse emocionalmente, como sí sucedía en el libreto de Hossein Amini. En esta ocasión, en la que el propio Winding Refn firma el guión, se oculta en exceso cierta información acerca del pasado de algunos personajes lo que impide acceder a sus motivaciones y llegar a sentir empatía por ellos. Esta frialdad es achacable también al final anticlimático en el que el director danés opta porque prevalezca el misticismo y la carga espiritual del relato por encima de la épica, de la misma manera que ya hizo en Valhalla Rising, y que nos deja un poco tibios.

CONCLUSIÓN

En definitiva, Solo Dios perdona es una violenta y estilizada historia de venganza, con gran carga introspectiva, que revisita el mito de Edipo y que, a pesar de pecar de excesiva frialdad emocional en el desarrollo de la historia, exuda maestría formal en todas y cada una de sus imágenes, apoyándose en una fotografía y puesta en escena sobresalientes, que convierten un minimalista relato de violencia en un film notable.

Solo Dios perdona
3.5Nota Final
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Sobre El Autor

Redactor

Diplomado en Relaciones Laborales. Licenciado en Comunicación Audiovisual. Realicé el máster de “Guión de Ficción de Cine y TV” de la Universidad Pontificia de Salamanca. Entre principios del año 2009 y finales del 2011 he asistido a diversos cursos del Centro Galego de Artes da Imaxe como “El Cine de Jean Luc Godard” impartido por el director y profesor de Cine Paulino Viota; “El Cine de Alfred Hitchcock” impartido por el doctor en Historia de Cine José Luis Castro de Paz y “El cine de Luis Buñuel” impartido por Julio Pérez Perucha presidente de la Asociación Española de Historiadores de Cine, entre otros.

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