Crónica 61 Festival de San Sebastián – Día 2

Tres grandes titanes cinematográficos del panorama actual pueblan la programación del segundo día del Festival de Cine de San Sebastián: el gran retratista japonés del melodrama familiar contemporáneo, el tragicómico director inglés de humor amargo y el creador de la comedia de acción negra y gran adaptador de la figura esperpéntica al cine. Hirozaku Kore-eda presenta, tras la luminosidad optimista de Kiseki, un retrato de madurez y sensibilidad inauditas sobre la paternidad con su De tal padre, tal hijo, premio del jurado en Cannes y presentada en el Festival de San Sebastián dentro de la sección Perlas. Roger Michel vuelve a abordar los terrenos de la vejez (tras la magnífica Venus) con admirable sensibilidad británica a través del viaje de los protagonistas de Le week-end, que competirá por la Concha de Oro dentro de la Sección Oficial. Para culminar, Alex de la Iglesia presenta su nueva, negra y libérrima obra Las brujas de Zugarramurdi, película de la Sección Oficial fuera de concurso.

EL SIGNIFICADO DE LA PATERNIDAD – DE TAL PADRE, TAL HIJO

¿Quién es mi hijo? A partir de esta pregunta fundamental estructura Kore-eda una telaraña de ideas que acaban por conformar su personalísimo mosaico sobre los conflictos de la paternidad. A pesar de la importancia de la figura filial en el film, no es De tal padre, tal hijo una película sobre la infancia como compleja etapa de incertidumbre (como lo serían sus anteriores y aclamadas Nadie sabe o Kiseki), ni tampoco una historia sobre los grandes conflictos paterno-filiales plasmados en sus problemas generacionales y errores trágicos. Al contrario, los niños adquieren en la película un carácter especular, convirtiéndose en una especie de tabla de pruebas en que se pone en juego la estabilidad y la entereza de la figura paterna (de ahí la importancia de la pregunta inicial), criatura única cuyo misterio pretende desentrañar el director. Así, a través de la historia de unos padres que descubren tras seis años de crianza que el hijo que creían suyo no lo es en realidad, Kore-eda lanza una serie de cuestiones alrededor del tema planteado que tienen tanto de acierto como de complejidad.

¿Cuándo se convierte un padre en padre? ¿Con quién debería éste quedarse: con su hijo natural o con el que creyó y crió como suyo a lo largo de seis años? ¿Es un padre capaz de aceptar el fracaso de un hijo al que ha educado a su imagen y semejanza? No pretende el director japonés dar una respuesta inequívoca a sus interrogantes, tan sólo exponer el proceso emocional de sus personajes alejándose del didactismo fácil. A través de una sorprendente falta de condescendencia con su protagonista, personaje distante con que el espectador no encuentra forma de pactar emocionalmente (ni desde la sensibilidad ni desde la malicia), Kore-eda persigue el proceso de aprendizaje de un padre que acaba por desvelarse mucho más inmaduro que su propio hijo. Subvierte así una concepción universal de la jerarquía paterno-filial y, en su impecable visión de la complejidad infantil, termina por alertarnos que en ocasiones los adultos tienen también mucho que aprender de los niños, generalmente relegados como figura psicológicamente inferior.

En Still Walking, el director nipón tomó el cine de Ozu como gran referente a la hora de elaborar un melodrama familiar en que a partir de la especialidad de la tradición japonesa pudiese aflorar la universalidad de los conflictos sanguíneos. En De tal padre, tal hijo, aunque con una influencia mucho menos acusada de aquél, busca igualmente sonsacar la emoción del gesto puramente cotidiano. La película se estructura así con una concatenación de pedazos de vida dotados de una poesía naturalista, una cuidadísima puesta en escena y unas exquisitas notas de humor. En la misma línea del retrato contemporáneo de Japón, la última película de Kore-eda elabora también un discurso sobre las clases sociales a partir de la contraposición entre esas dos familias (una de clase media-alta y otra de clase media-baja) cuyos hijos intercambiados son símbolos de dos formas de educación contrarias. Sin caer en el maniqueísmo en que se desvela la podredumbre de los ricos y la felicidad natural de los más humildes, la grandeza de Kore-eda reside en su pericia a la hora de elaborar un discurso social sin apenas mencionarlo y sin juzgar a sus personajes. El resultado es una película que es reflejo de la finísima sensibilidad de un director capaz de casar la tradición con la universalidad, la tristeza con el humor, la contención con el sentimiento y el dolor con la esperanza.

EL VIAJE COMO FINAL – LE WEEK-END

El viaje ha sido a lo largo de la historia del cine uno de los grandes recursos de sublimación de la vida en pareja. El reencuentro entre dos cónyuges separados por los quehaceres de la vida cotidiana conllevaba la necesidad de enfrentarse a una crisis hasta el momento latente. Es el caso de esa trágica noche en el hotel que Jessie y Celine se ven obligados a pasar en Antes del anochecer, símbolo de un romanticismo caduco. O del viaje del matrimonio inglés a tierras italianas donde Rossellini enfrentaba a sus protagonistas con las ruinas (reales y metafóricas) de su amor convaleciente.

Pero no es sobre el fin del amor sobre lo que versa la última obra de Roger Michell sino sobre las extrañas formas en que este muta con el paso del tiempo. Lo más sorprendente en el retrato que Le Week-end hace de ese viaje de una pareja a punto de adentrarse en la tercera edad es la absoluta sinceridad con que se tratan ambos personajes entre ellos. Una sinceridad que nos acerca y a la vez nos aleja de su tragedia, pues a pesar de los constantes ataques que sufren el uno por parte del otro, es la absoluta verbalización de los mismos los que imposibilitan de algún modo su crisis: pues esta nace, como en los casos citados de Antes del anochecer y Viaggio in Italia, de los rencores guardados en el silencio. Así pues Le Week-end sería algo así como una película sobre la crisis de la crisis de pareja, y nos transmite que en definitiva lo único que queda es, como en Venus, aceptar y reírse de la propia ridiculez.

A pesar que por momentos parece que el film no aporta nada nuevo a esta especie de subgénero tragicómico de los viajes conyugales, y aunque su guión en ocasiones parezca haber perdido el norte (esa fiesta inesperada), Le Week-end contiene en el fondo una segunda lectura que va mucho más allá de la aparente ligereza del conjunto. El hecho es que la película de Michell no muestra todas sus cartas desde el principio. Lo que en un primer momento se presentaba como un retrato cómico sobre el (des)amor, acaba por subvertir las bases de ese mismo tipo de films para desvelarnos que el viaje de esos personajes que bailan su desventura (con guiño cinematográfico incluido) tiene lo mismo de suicida que aquel que hizo Nicolas Cage hacia Las Vegas.

EL ESPERPENTO, LA MUJER Y EL CAOS – LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI

Álex de la Iglesia es uno de esos directores cuyas ideas poseen una lucidez y una subversión que corren el riesgo de no encontrar en sus películas el medio de expresión adecuado, perdiéndose en un cúmulo incoherente de excentricidad. Es el caso de su Balada triste de trompeta, que guarda muchos puntos en común con su última criatura cinematográfica: Las brujas de Zugarramurdi. Partiendo de un magistral arranque, el director pone a prueba su innegable potencia visual y su trepidante pulso cinematográfico a la hora de rodar el asalto, robo y posterior huida de unos parados a una tienda de Compro Oro. En el mismo planteamiento del film se encuentra ya una de las constantes de su director, que lleva a cabo la deformación de la realidad social inmediata (no podía faltar un discurso sobre la crisis económica) en formas esperpénticas para formular las críticas más desvergonzadas que haya visto nuestro último cine español.

Sin embargo, pronto poco importa esta línea argumental: el dinero deja de convertirse en el macguffin esencial del film (en este caso esos anillos se presentaban como una materia de interés por su carga trágica del fin del amor) como ocurría en la magistral y corrosiva La comunidad, cuando los fugitivos llegan a Zugarramurdi y se encuentran con unas brujas que los atraparán en su mansión laberíntica. A partir de entonces, la película adquiere un nuevo discurso que abunda en el retrato de una masculinidad frágil (hombres que lloran) y empequeñecida ante una mujer amenazante y poderosa. No en vano de la Iglesia se hace servir de la simbología paleolítica de la Venus de Willendorf, figura por excelencia de la feminidad desbordante.

Llegados hasta tal punto, la película se debate entre sus interesantes ideas y la imposibilidad de desarrollarlas con total satisfacción, entre un humor negrísimo e hilarante y unos chistes poco diestros. El resultado final, aunque aquejado de un innegable carácter caótico, posee elementos más que suficientes para el disfrute del espectador, que, una vez aceptadas las reglas del juego, podrá hundirse en el placer de observar cómo se dan un morreo los dos guaperas nacionales del momento y cómo las grandes damas del cine español saltan por las paredes. Todo ello aderezado con un incisivo final que dinamita el happy ending y que en su carácter autoconsciente parece desvelar las claves de la libertad creativa de su autor.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Una Respuesta

  1. ximo.gestalt@gmail.com

    Me gustan estas críticas, consiguen introducirme en el mundo particular de cada película. . . Aunque agradecería fueran más asequibles algunas palabras que no logro entender como la del “macguffin esencial del film”