Crónica 61 Festival de San Sebastián – Día 7

Un director francés de talante provocativo se combina con un novel español de obsesiva mirada en el séptimo día del Festival de Cine de San Sebastián. François Ozon abandona las trazas de cine negro de sus anteriores films para centrarse en uno de los temas fundamentales que han poblado su carrera: la psicología sexual femenina. Abordando además otras de sus constantes como el discurso sobre las clases o el humor distanciador, el director de la magistral En la casa, firma con Joven y bonita (Jeune et Jolie, presentada en la Sección Perlas) su película más conceptualmente arriesgada. En el territorio nacional, Fernando Franco se inicia en la carrera cinematográfica con un interesante debut que explora en la psique de una mujer bipolar y que opta a la Concha de Oro en la Sección Oficial.

LA PROSTITUCIÓN COMO RUPTURA – JOVEN Y BONITA

Con Joven y bonita, Fraçois Ozon propone una reformulación contemporánea en clave adolescente de la mujer frígida y prostituta de lujo en la sombra de Belle de Jour. Sin embargo, y a pesar de compartir con aquella una premisa similar, el director francés supera con éxito la ansiedad de la influencia buñueliana y actualiza su discurso con su habitual talento provocador. La prostitución deja de ser en Joven y bonita una cuestión de clase como lo fuera en Belle de jour (aunque la obra incluye igualmente una corrosiva mirada sobre la burguesía), para alzarse como un elemento a través del cual su director disecciona los fantasmas de la sexualidad femenina. Ozon abandona, pues, las imágenes surrealistas psicoanalísticas y la simbología de los sueños del film de Buñuel, para hacer un retrato aséptico de su ambigua protagonista. De tal modo, la que fuera una ama de casa traumatizada y frígida que necesitaba escapar de su opresora posición social, se convierte aquí en una joven críptica en una búsqueda suicida de sí misma.

La Isabelle de Joven y bonita responde a una visión lacaniana de la sexualidad femenina, que encuentra el goce en el dominio del discurso del Otro, es decir, a partir no del acto sexual en sí, sino de la posterior verbalización del mismo o del proceso previo de seducción. Así pues, si la protagonista de Rompiendo las olas encontraba el placer en la explicación a su marido de sus experiencias sexuales con otros hombres, en Joven y bonita, el goce de Isabelle nace en el momento en que el acto sexual es recordado, y no mientras éste está sucediendo. Esta idea está en íntima relación con otra que forma parte del corpus de pensamiento lacaniano y heredera de los estudios psicoanalíticos de Freud.

Hablamos de la figura paterna (que no tiene porqué ser necesariamente masculina) como el gran artífice de la estructuración del lenguaje simbólico y la interiorización de la ley por parte del hijo, permitiendo a éste último introducirse en el pensamiento racional y la comunicación con los demás. No en vano en Joven y bonita la figura paterna se muestra ausente, convirtiendo a Isabelle en una joven de rasgos esquizoides que, de algún modo, sigue nadando en el edípico líquido semiótico materno. Para poder convertirse en adulta, la protagonista del film de Ozon necesitará llevar a cabo su propio proceso de ruptura, que encontrará en la prostitución su único y peligroso camino.

En una crítica de Sergi Sánchez al film Amantes criminales, el crítico afirmaba que François Ozon era “un moralista al revés” que hacía crecer a sus personajes a través de la provocación. Joven y Bonita no es una excepción a esta regla, y convierte la radicalidad de su planteamiento en un mecanismo necesario de autodescubrimiento y madurez. Así, y a pesar de que la película aqueja cierta irregularidad (los padres no acaban de estar bien definidos) y desperdicia algunas propuestas interesantes (como es el voyeurismo incestuoso entre hermanos), François Ozon se corona definitivamente como el gran retratista de los claroscuros y anhelos sexuales de la adolescencia, sin abandonar nunca un contrapunto cómico que resta gravedad al tono general.

Partiendo de una estructuración episódica, el director francés convierte cada una de las cuatro estaciones del año en una nueva etapa del proceso psicológico de Isabelle. La pérdida de la virginidad a lo largo de ese tórrido verano, simboliza en el film el primer eslabón de ruptura y la precipitación traumática de la joven en el mundo adulto. Las siguientes estaciones estarán igualmente encarnadas por un acto o sentimiento determinado de carácter metafórico, como es el otoño y la prostitución, o el invierno y el amor. La primavera, finalmente, será la culminación de esas etapas anteriores y significará la instalación de Isabelle en la madurez. Una madurez simbolizada en el encuentro final entre esas dos mujeres de mirada especular, en el escenario que antes fuera de pérdida, y convertido ahora en lugar de reconciliación. Con tal cruce de miradas, en el que se esconde el secreto de la universalidad del film, Ozon pone hermoso final a una película tan discursivamente arriesgada como deliciosamente subversiva.

EL ROSTRO CONVALECIENTE – LA HERIDA

La herida es una película sobre un rostro. Y más concretamente, sobre el rostro como lugar físico donde se encarnan todos los males del alma. Por ello, el director novel Fernando Franco persigue con obsesiva insistencia y a través de unos obstinados primeros planos a su protagonista femenina, en un intento de desentrañar su indescifrable misterio interior. Con esa mirada voyeur de aroma feísta, el director novel nos aproxima a la historia de Ana, una mujer cuyo tormentoso trastorno bipolar impide establecerse con normalidad en su vida cotidiana. Fernando Franco la retrata en sus autolesiones, en sus cambios de humor y en sus instantes de felicidad, con una óptica que evita los juicios de valor para entrar en el terreno de la comprensión (aunque esta se revele, finalmente, imposible).

Debido al carácter estancado de la situación en que se encuentra su protagonista, la película se construye narrativamente a partir de un cúmulo de episodios que no guardan relación causal entre sí. Este hecho evidencia la tragedia misma de Ana, incapaz de seguir con su vida debido a un trastorno interior que la hace volver siempre al lugar del que partió. De tal modo, y pesar de tratarse de una ópera prima, Fernando Franco demuestra talento para retratar la ambivalencia de su criatura y de conformar el complejo panorama del significado de su existencia. Sin embargo, en el recurso cinematográfico básico del film se encuentra también la semilla de su inefectividad. Esto es porque la falta de desarrollo narrativo causal no puede compensarse con unos instantes de fuerza y veracidad capaces de funcionar autónomamente (como sí que ocurriría en la magistral The Master), y acaban convirtiendo La herida en un desnortado navío a la deriva.

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