Crónica 61 Festival de San Sebastián – Día 8

En el penúltimo día del Festival de Cine de San Sebastián, se dan la mano dos propuestas de presupuesto y pretensiones diametralmente opuestos. Con Prisioneros, Denis Villeneuve se reafirma como director polifacético, introduciéndose con éxito en los terrenos del thriller de gran calado. La película se presenta, más allá de su efectividad genérica, como una reflexión sobre la violencia que se aleja del esquematismo para plantear un incómodo dilema moral. En terreno nacional, Luiso Berdejo proyecta en la sección Zabaltegi la que será su segunda película, Violet, una pieza pequeña que bucea en los territorios de la construcción del ideal amoroso con una mirada impregnada de magia.

LOS LABERINTOS DE LA MORALIDAD – PRISIONEROS

Prisioneros comienza con un disparo a un ciervo, ejecutado después de la recitación de un padre nuestro. Con esta primera escena, Denis Villeneuve nos presenta ya algunas de las claves temáticas de un film en que violencia y fe se dan la mano en un imposible viaje sin retorno. Esa jornada de caza inicial de carácter didáctico simboliza de algún modo el traspaso de unos valores religiosos y vitales de padre a hijo, que pronto serán puestos en crisis. En efecto, no por casualidad el hecho trágico que propiciará el cuestionamiento de tales principios tiene lugar durante la celebración del día de Acción de Gracias (en cuya comida el ciervo asesinado por el hijo es plato principal). Así, a partir de la premisa de la desaparición filial, Villeneuve orquesta un inquietante y desazonado discurso sobre la violencia que plantea muchas más preguntas que respuestas. Como ocurría en la soberbia En la habitación, Prisioneros esgrime una áspera mirada sobre la ambigüedad de una figura paterna que traspasa los límites de la legalidad y de su moralidad misma en su intento desesperado de recuperar a la hija perdida. Es así como Denis Villeneuve instala al espectador en el terreno de la incomodidad, debido a la dificultad de posicionarse moralmente ante los hechos que se le presentan.

Poniendo en consonancia sus implicaciones morales con su vertiente genérica, Prisioneros es un thriller de búsqueda cuyo guion se estructura a partir de una dualidad, encarnada en la susodicho padre, que investiga desde el corazón y la entraña, y en el personaje del detective, que dirige el caso con genio y mirada cerebral. El carácter paralelo de ambas tramas sirve al director para llevar a cabo una contraposición de esas figuras representantes de dos estereotipos sociales alejados (el religioso padre de familia y el solitario agente de policía), pero igualmente marcados por el imborrable sello de la violencia. Es a través de este enfrentamiento de arquetipos que el director plantea el crimen como reverso oscuro del sueño americano.

Las constantes temáticas alrededor de las cuales gira Prisioneros encuentran en la película una críptica plasmación simbólica. La serpiente y el laberinto, elementos cuyo misterio nunca nos es plenamente desvelado, acaban por convertirse en la metáfora sobre el descenso a los infiernos de su protagonista. Pues, en definitiva, lo que nos dice el director canadiense es que la odisea de ese padre es un recorrido laberíntico al origen del pecado en que la perdición es destino irremediable. Pero más allá de sus posibles interpretaciones, estos dos símbolos funcionan como elementos de impacto poético en un film cuya hermosa y gélida construcción atmosférica encaja con la perspectiva con que Villeneuve se enfrenta al género.

Thriller sobrio y trepidante a medio camino entre la poesía de Winter’s Bone y el discurso moral ambiguo de Adiós, pequeña, adiós, la película encuentra en la mirada contenida y desprovista de sentimentalismos su mejor aliada. Así, con un guión de hierro como base, engrandecido con la pericia de Villeneuve para manejar los elementos de la intriga sin caer nunca en la trampa o el golpe de efecto, Prisioneros se alza como una pieza capaz de combinar tensión con contención, frialdad con emoción y acción con discurso.

LA IMAGEN DEL DESEO – VIOLET

En el 1944 Otto Preminger construyó con Laura una película sobre el deseo hacia la mujer materializado en una imagen. De la misma forma, Luiso Berdejo plantea una reformulación naïf de aquel discurso a través de la historia de un joven enamorado de la fantasmal y anónima chica de una fotografía. A partir de esta premisa, el director español teoriza, como lo haría Hitchcock en Vértigo, sobre la construcción masculina del ideal femenino como ensoñación romántica y narcisista que finalmente se desvela en su carácter de espejismo imposible. De algún modo, esta encarnación del deseo en imagen, permite a Berdejo discurrir, además, sobre el poder de la imaginación como máquina fabuladora, derivando en un sencillo pero entrañable discurso cinematográfico.

Con la voz narradora como soporte eventual de la narración, Luiso Berdejo declara la condición de cuento de su película, en la que, como ocurría en For(r)est in the Des(s)ert, la magia puede aflorar en cualquier momento en medio de la normalidad. Sin embargo, con el salto del corto al largo, el director pierde cierta frescura, mostrando un mayor talento para la concepción de ideas que para su desarrollo efectivo. Es así como Violet deriva en un final previsible, cuyo carácter metafórico se aleja de la excentricidad delirante de For(r)est in the Des(s)ert para adquirir tintes algo ramplones. A pesar de ello, la película se alza como una obra deliberadamente romántica que reflexiona en clave mínima sobre el poder mágico de las historias, y en especial, del cine.

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