Crónica 61 Festival de San Sebastián – Día 9

Dos historias sobre la dificultad de comprensión entre miembros familiares, conocidos y extraños al mismo tiempo, se dan la mano en la última jornada del 61 Festival de Cine de San Sebastián. En la sección Horizontes Latinos, Isabel de Ayguavives presenta El árbol magnético, ópera prima que retrata desde la nostalgia el último encuentro de una familia en una casa poblada de recuerdos. Como film de clausura, Jean Pierre Jeunet presenta su última joya cinematográfica, que recupera la magia poética de sus mejores films combinada con el espíritu aventurero propio del western. El resultado es una obra de ingenio desbordante que se alza en el festival como un hermoso happy end.

LA NOSTALGIA FAMILIAR – EL ÁRBOL MAGNÉTICO

El árbol magnético aborda el reiterado argumento del reencuentro familiar bajo una óptica basada en la nostalgia. Este sentimiento condena a las criaturas de la película, representantes universales de la triste costumbre humana de anclarse a un pasado feliz, pero que se revela imposible de recuperar. Esta nostalgia encuentra en el film una plasmación de innegable fuerza simbólica, a través de la visión de esa casa que alberga el último encuentro de una familia que parece dispersarse bajos los inexpugnables tentáculos del tiempo. Es así como el caserón campestre representante de la unión sanguínea es desprovisto de sus marcas de personalidad y convertido en espacio fantasmal al que se le ha arrancado el alma. Y es a través de la mirada amarga de su protagonista hacia las estancias vacías, como la directora elabora un discurso en imágenes sobre la dolorosa muerte de los recuerdos de juventud.

Así pues, El árbol magnético no quiere ser un retrato cruel sobre los entresijos oscuros de la familia como lo fuera la elegantemente corrosiva Tres días con la familia, sino que se plantea como un fresco luminoso con toques de realismo mágico que esgrime una mirada más romántica que mordaz. Dentro de esa telaraña de relaciones, la película narra una callada historia de amor incestuosa que nunca encuentra su camino de expresión: deseo que muere en las desesperadas bocas de dos amantes cuyas vidas parecen carecer de sentido. Sin embargo, alejada de la sobria potencia de la relación filial de La mitad de Òscar, El árbol magnético aqueja cierta falta de pretensiones en su retrato familiar, aproximándose al carácter simpático pero superficial que ofrecía El Skylab. El resultado es una película de fresca naturalidad, a la que, sin embargo, le falta una mirada incisiva que trascienda su planteamiento nostálgico para poder elaborar una disección profunda de los conflictos sanguíneos.

POESÍA, MAGIA Y CIENCIA – EL EXTRAORDINARIO VIAJE DE T.S. SPIVET

T.S Spivet recorre en su trepidante aventura el recorrido contrario al que los vaqueros hicieran en la conquista del Salvaje Oeste. Es así como Jean Pierre Jeunet propone una subversión del mito de la frontera y presenta el Far West como lugar en el que mueren los delirios de éxito de los que fueran sus colonizadores. Y sin embargo, su mirada sobre ese espacio tiene un carácter ambivalente: se permite criticarlo en sus costumbres anticuadas y propensiones violentas, pero también lo presenta como fascinante territorio salvaje donde la naturaleza se alza con todo su calmado esplendor alejado de la opresora vida de la civilización. Jeunet capta esos paisajes americanos con su hermosa e imaginativa inventiva visual, convirtiéndolos en un personaje más en la historia a través de un 3D dotado de sentido narrativo. Este lugar de contradicciones tendrá igualmente un doble significado en la vida del prodigioso niño T.S. Spivet: que se debate entre la tristeza de un territorio que no puede comprenderle, y el amor incondicional por su carácter salvaje y natural, que le permite desarrollar sus estudios con total libertad.

Como hiciera Martin Scorsese en La invención de Hugo, Jean Pierre Jeunet encuentra en T.S. Spivet su alter ego cinematográfico: figura de una sensibilidad más allá de lo humano cuyo trabajo se basa en la libertad y el amor. Así, la construcción de su historia a partir de la fascinación por los detalles, nace con la personalidad científica del joven prodigio y casa con el imaginario de lo real maravilloso propio del director francés. Ciencia y poesía se dan la mano en El extraordinario viaje de T.S. Spivet, para, a través de una vertiginosa vorágine de ideas visuales, extraer de cada gesto mínimo su magia inherente, que el ojo humano parece incapaz de captar en su rotunda rudeza. Esta magia surge con la fascinada mirada infantil, desprovista de la corrupción del mundo adulto, con que Jeunet relata la odisea de ese niño que deberá atravesar solo los Estados Unidos para recoger un premio científico.

En un discurso desolado sobre la incapacidad del hombre de valorar la belleza, Jeunet convierte a ese infante de inteligencia desbordante en un ser marcado por la fatalidad del destino y condenado a la orfandad de aquél que está desprovisto de hogar. Es así porque, en la vida del Viejo Oeste, T.S. sufre de una incomprensión familiar similar a la que vivía la superdotada Matilda de Rohal Dahl. Y cuando al fin logra el reconocimiento en la ciudad, es explotado mediáticamente como figura de interés comercial.

Pero cabe decir que, a pesar de su cáustico retrato del mundo adulto, Jeunet se muestra, en este caso, más esperanzador que en la novela citada y expone una visión de la familia como conjunción de desconocidos condenados a no entenderse pero unidos por un extraño, aunque verdadero, vínculo afectivo. Es con este mensaje que el director de Amélie elabora un happy ending que aunque se desvela algo forzado, aporta una nota de satisfactorio optimismo a esta fábula moral y satírica. Es así porque Jean Pierre Jeunet decide, a pesar de todo, dar una oportunidad a la bondad humana y poner esperanzador final a una aventura cinematográfica que es un prodigio de humor, imaginación, sensibilidad y belleza.

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