Crónica 62 Festival de San Sebastián – Día 5

En el quinto día del Festival de San Sebastián vemos dos películas que compiten en la Sección Oficial. La primera, Loreak (Flores), es el segundo largometraje que dirigen juntos los directores Jon Garaño y Jose Mari Goenaga después de la bien recibida 80 egunean (En 80 días, 2010). La segunda es Aire libre, la nueva película de la directora argentina Anahí Berneri, autora también de films como Encarnación, que obtuvo el premio FIPRESCI en el Festival de San Sebastián en el año 2007.

Mujeres y ramos: Loreak (Flores)

Ane es una mujer que lleva una vida monótona, que cambia completamente cuando empieza a recibir ramos de flores, siempre de manera anónima. La vida de Lourdes y Tere también se ve afectada por unas misteriosas flores, que un desconocido deposita semanalmente en memoria de alguien que fue importante en sus vidas. Las flores, que por sí solas son inofensivas, hacen aflorar en ellas sentimientos que ya creían enterrados.

Lo primero que hay que decir de esta película es que está muy bien hecha. El argumento es original, tiene un guión férreo que no deja absolutamente ningún cabo suelto y es totalmente imprevisible. El film está estructurado en diferentes partes, que se centran cada una en un personaje diferente; no obstante, las tramas de cada uno se van entrelazando sutilmente, y todas las piezas terminan encajando perfectamente, como si no hubiera habido división alguna. Es una estructura poco convencional y que funciona perfectamente, y que hace avanzar el film de manera fluida.

No obstante, pese a la buena ejecución de la película, no nos acaba de convencer. La historia que cuenta es emotiva y a veces triste, pero esa emoción no acaba de traspasar la pantalla; por algún motivo, nos quedamos fuera, haciendo el film más frío de lo que en realidad querría ser. El film está lleno de situaciones cotidianas, con las que podríamos sentirnos identificados perfectamente, pero en cambio no terminamos de empatizar con los personajes.

Podría ser que, en el empeño por conseguir una historia bien construida y los esfuerzos dedicados a hacer un guión perfecto – esfuerzos que no menospreciamos ni mucho menos – se hubieran olvidado de dotar el film de capacidad para hacer aflorar sentimientos en el espectador. Y una película, en nuestra opinión, tiene que conectar necesariamente con el espectador, despertar en él una chispa que lo enganche; si nos quedamos fuera, por muy bien hecha que esté, ya no hay nada que hacer.

La decadencia del matrimonio: Aire libre

En el nuevo film de Anahí Berneri, Lucía (Celeste Cid) y Manuel (Leonardo Sbaraglia) son una pareja a la que parece que la química ha abandonado. Se les ocurre la idea de construir una nueva casa juntos en el campo, para evitar la asfixia y darle espacio a su hijo Santi. Cuando vuelven a vivir por un tiempo con sus respectivos padres, hasta que termine la obra, cada uno se reencuentra con sus propios deseos, y se van alejando cada vez más, hasta que ninguno de los dos encuentra la manera de volver a convivir otra vez.

Al inicio de la película, la perspectiva es buena: la historia tiene potencial y los personajes son interesantes y están cargados de matices que les dan carácter y los humanizan. Pero, a medida que va avanzando, se hace algo tediosa, y al final un poco repetitiva. Seguramente esta sensación es debida a que todo el rato esperamos que pase algo, y nunca acaba de pasar nada; esa espera nos inquieta y nos acaba poniendo un poco nerviosos.

Además, la actitud de los protagonistas – inmadura, a veces irresponsable y hasta con toques de bipolaridad – acaba irritando a cualquiera, y en algún momento nos entran ganas de ponernos a chillarles lo que tienen que hacer, viéndoles incapaces de resolver ninguna situación de manera coherente. En cambio, un personaje que nos cae muy simpático es el del hijo, Santi, que es la cola que une las historias de Manuel y Lucía. Es divertido, entrañable y a menudo más listo y maduro que sus padres, y sus escenas son una ráfaga de aire fresco.

Aun así, la directora se las arregla bien a la hora de cumplir su objetivo, que es explicar cómo la falta de un hogar puede desmoronar una familia hasta el punto que el daño es irreparable. Lo que quizá le falla un poco es el tono; la intensidad de la trama va subiendo cada vez más, hasta que se acaba haciendo quizá demasiado estridente.

Aunque la película tiene varios defectos y en conjunto es algo floja, tampoco insoportable, y las ha habido de peores en esta edición del Festival; por eso no entendemos por qué al final de la proyección de la película, el público no sólo no aplaudió, sino que hubo silbidos. No estamos de acuerdo en absoluto; muy horrible tiene que ser una película para que nos atrevamos a silbarla, sobretodo sabiendo el gran esfuerzo y el trabajo que hay detrás de cada film. Incomprensiblemente, ese es el trato que recibió Aire libre, un trato que no recibió ni tan sólo Autómata, la peor con diferencia de las que hemos visto hasta ahora. ¿Será que después de cinco días de ver un film detrás de otro estamos ya algo saturados y no vemos las cosas con los mismos ojos?

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