Crónica 62 Festival de San Sebastián – Día 7

En la séptima jornada del Festival de San Sebastián vemos tan sólo una película, que creemos que es de las que más darán que hablar y más polémica suscitarán en esta edición. Se trata del nuevo largometraje de Isaki Lacuesta, director de una gran cantidad de cortos y algunos largos. Este año repite en el certamen después de ganar la Concha de Oro en 2011 por Los pasos dobles, con una locura de película llamada Murieron por encima de sus posibilidades, presentada en Sección Oficial fuera de competición.

Locura y esperpento: Murieron por encima de sus posibilidades

La película cuenta la historia de cinco ciudadanos normales y corrientes que, después de ver sus vidas destrozadas por la crisis económica, elaboran un loco plan para salvar la economía española y mundial: secuestrar al presidente del Banco Central y exigirle que todo vuelva a ser como antes.

En primer lugar, tenemos que reconocer que nos ha costado mucho saber qué decir sobre este film. Quizá decir no es la palabra; por supuesto, tenemos mucho que decir, lo que no sabemos muy bien cómo hacer es analizarlo y valorarlo, porque Murieron por encima de sus posibilidades es, ante todo, una locura sin precedentes, una marcianada y un caos absoluto. Aunque, que quede claro: a nosotros nos ha gustado, aunque mucha gente opine lo contrario.

En su pase de prensa, la película polarizó completamente al público; cuando terminó la proyección, hubo tanto aplausos como comentarios que la destrozaban por completo. La verdad es que es comprensible que haya mucha gente a la que no le gustara, porque nos encontramos ante una obra muy poco convencional, una ida de olla que quiere retratar la miseria en la que está hundido el Estado Español, pero con métodos poco ortodoxos y escenas bizarras que podrían molestar a más de uno.

Creemos que el problema es que la gente se la ha tomado demasiado en serio. Si lo que se pretende es que una película así “eleve” el cine español o lo rescate del pozo en el que se supone que está metido – cosa con la que no estamos muy de acuerdo -, está claro que la decepción va a ser mayúscula; lo que hay que entender es que probablemente Lacuesta hizo esta película para hablar de los temas que en ella se tratan, obviamente, pero sobre todo por el placer de hacerla a su manera, de llevarlo todo al límite y ver qué pasaba.

Más allá de sus pretensiones o sus expectativas, es un film muy divertido, absurdo, gamberro y algo bestia; hasta puede que algunas de sus escenas sean demasiado explícitas, hasta llegar al punto de ser desagradables. El guión, que en general es una locura (bien hecha, pero una locura igual) tiene momentos de pura brillantez; destacamos, por ejemplo, un excelente monólogo de Albert Pla, que nos deja tan atónitos como al resto de los personajes que lo escuchan.

Hablando de Albert Pla, llegamos al tema de los actores, que en esta película es, como no podía ser de otra forma, peculiar, como poco. Prácticamente toda la escena española del momento está metida en la película, ya sea con papeles protagonistas o con los más pequeños cameos. Aunque en general los personajes principales están todos muy bien, destacamos las actuaciones del siempre grande Raúl Arévalo, de un Julián Villagrán exultante y del cantautor Albert Pla, que da su salto al cine con un papel protagonista, que nos deja tan sorprendidos como admirados. Y a parte, están los cameos, tan extensos que no nos entretendremos a nombrarlos todos. Isaki Lacuesta mezcla sin vacilar actores más que consagrados como José Sacristán, Eduard Fernández y Ángela Molina con actores más noveles o poco conocidos, como Álex Monner o Jordi Vilches, y hasta con actores que hasta ahora no lo han sido nunca; es el caso de músicos como Pau Riba, Jaume Sisa o Iván Telefunken. El resultado es una mezcla explosiva que no deja a nadie indiferente. Y todo eso, con un pequeño detalle: ninguno de ellos, así como del equipo técnico, ha cobrado nada por su trabajo.

Y ya para terminar, un breve apunte para la música de la película, compuesta por Albert Pla y Judit Farrés. La banda sonora es muy acertada, y consigue acentuar tanto lo divertido como lo esperpéntico del film. La mejor, la canción de los créditos iniciales.

Sea como sea, no os la perdáis; no podemos deciros si os gustará o no, pero es una de esas películas que hay que ver, por lo menos para matar la curiosidad.

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