Crónica 62 Festival de San Sebastián – Día 8

En la octava jornada del Festival de San Sebastián, nos encontramos con niños que viven en la naturaleza y con un peligroso narcotraficante colombiano. Hablamos de dos películas, Vie Sauvage (Vida Salvaje) y Escobar, Paradise Lost (Escobar, Paraíso Perdido), que se presentan en la Sección Oficial a competición y en la sección Perlas, respectivamente. La primera es el nuevo largometraje del director francés Cédric Kahn, que ha competido en varias ocasiones en festivales de cine como el de Cannes (con Trop de bonheur o Roberto Succo) o el de Berlín (con Feux Rouges). La segunda es la primera película del italiano Andrea Di Stefano como director, que anteriormente había participado en varios films como actor (Antes de que anochezca, Nine, La vida de Pi).

Huyendo del sistema: Vie Sauvage (Vida salvaje)

El nuevo film de Kahn, que es uno de los últimos en incorporarse a la carrera por la Concha de Oro de este año, cuenta la historia de Philippe Fournier (Mathieu Kassovitz), que vive con sus hijos de manera más o menos salvaje, después de que su madre haya obtenido la custodia. Siempre escondidos de las autoridades, esta peculiar familia vive en armonía con la naturaleza, felices de mantenerse fuera del sistema; sin embargo, los niños crecen y se convierten en adolescentes, y comienzan a surgir problemas de convivencia.

El tema de las familias disfuncionales ha sido infinitamente explotado en el cine, y lo seguirá siendo siempre, y hay que reconocer que da mucho de sí; pero esta edición del Festival de San Sebastián está especialmente plagada de films que hablan del tema (Una segunda oportunidad, Una nueva amiga o Aire libre, para nombrar algunos), y la verdad es que se está haciendo un poco cansino. Vida salvaje está entre ellas, y ha tenido la mala suerte de ser la última en presentarse, cuando ya estábamos todos un poco hartos del tema.

Aún así, la película no molesta en absoluto; al contrario, es agradable de ver pese a lo repetitivo del tema. O, por lo menos, lo es la primera mitad del film, cuando los niños protagonistas todavía son pequeños. Los personajes de Okyesa y Tsali, los dos hijos del personaje principal, son interpretados por dos actores respectivamente, dos para cuando son pequeños y dos para cuando son adolescentes. Los actores niños, David Gastou y Sofiane Neveu, nos cautivan desde el principio y tienen mucho más carisma que los jóvenes, que borran esa empatía que el espectador podría haber desarrollado hacia el personaje, así como la magia propia de una historia protagonizada por dos adorables niños.

Además, el cambio de la primera parte a la segunda es demasiado brusco. En una escena los niños son pequeños, y a la siguiente de repente son adolescentes. El cambio es chocante y hasta desagradable. Es cierto que el salto temporal era necesario si se quería contar la historia hasta la mayoría de edad de los protagonistas, pero la película pierde toda su fuerza por culpa de eso.

Al principio, el film es fluido y tiene momentos bonitos del padre con los hijos, en que consigue hacernos creer que vivir de manera salvaje en este mundo todavía es posible. Pero con la llegada de la adolescencia de los chicos, todo se estropea; empiezan a salir problemas de convivencia mucho más convencionales, y la película pierde la gracia.

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