Crónica 63 Festival de San Sebastián – Día 2

El segundo día del Festival hemos visto tres películas muy diferentes entre sí: en la Sección Oficial, Evolution, film experimental de la francesa Lucile Hadzihalilovic; y, fuera de concurso, la esperadísima Mi gran noche, nuevo trabajo de Álex De la Iglesia, llena a rebosar de caras conocidas de la farándula española. Y en la sección Perlas, Me and Earl and the Dying Girl (aquí traducida desastrosamente como Yo, él y Raquel), del director americano Alfonso Gómez-Rejón, ganadora en Sundance del Gran Premio del Jurado y del Premio de la Audiencia.

Cuando el cine experimental se nos va de las manos: Evolution

La nueva película de Hadzihalilovic, ganadora del premio anual Caballo de Bronce a la mejor película en el Festival Internacional de Cine de Estocolmo por Innocence (2004), se presenta en esta edición del Festival de San Sebastián en la Sección Oficial a concurso. Y es, sin duda, un despropósito que recomendamos evitar a toda costa.

La película cuenta la historia de Nicolas, un niño que vive con su madre en una isla habitada solamente por niños y mujeres. Los niños son sometidos a extraños tratamientos médicos, y Nicolas empieza a cuestionar lo que ocurre y a sospechar de su madre. Sus sospechas lo arrastran a una pesadilla de la que le será difícil escapar, aun contando con la ayuda de Stella, una enfermera en quien encuentra a una aliada.

Nos da mucha rabia que pasen estas cosas. Nos da mucha rabia ir a ver una película y salir de la sala peor que has entrado, asqueado y enfadado con lo que acabas de ver. Pues eso es exactamente lo que nos ha pasado con Evolution. Es una película de muy mal gusto, que no tiene ningún sentido y que es desagradable porque sí.

Lucile Hadzihalilovic ha hecho un intento de cine experimental que no tiene ninguna razón de ser, porque no explica nada, sólo plantea situaciones incomprensibles que luego no se molesta en resolver. Ha hecho una película que no se disfruta, sino que se sufre.

Evolution Festival de San Sebastian

Niños adorables torturados, madres locas, rituales extraños e imágenes repulsivas que dan ganas de levantarse e irse de la sala, cosa que no hacemos por respeto – que, por otra parte, es lo que la cineasta no ha tenido con los espectadores -.

Una cosa es hacer cine experimental, y otra muy diferente regodearse en lo raro sólo por molestar. La fotografía puede ser todo lo buena que quiera, pero esta perversión no la justifica nada.

Después de ver este tipo de cosas, siempre nos viene a la mente el mismo pensamiento: pobres niños los que han tenido que rodar semejantes imágenes. Pobres.

De famosos y festivales: Mi gran noche

Era muy difícil que la nueva película de Álex De la Iglesia – comedia gamberra, festival salvaje, desfile de caras conocidas – no nos gustara. Pero también es cierto que había mucha expectativa, y que era complicado satisfacer al público, sobre todo después de sus últimos trabajos, un éxito tras otro. Pues bien, una vez más, lo ha conseguido. Creemos que este es, sin duda, uno de sus mejores trabajos, por lo menos de un tiempo a esta parte.

Ya de por sí, el argumento de la película llama bastante la atención; Jose, un tipo vulgar que está en paro, aterriza dentro del rodaje de un programa de Nochevieja, donde cientos de personas llevan días y días encerrados, fingiendo celebrar la llegada del nuevo año. La lucha entre Alphonse (Raphael), un veterano artista, y Adanne (Mario Casas), un ídolo adolescente, por tener el máximo share con su actuación, sumada a la imposibilidad de sacar adelante el rodaje del programa por múltiples imprevistos, harán del rodaje un caos del que cada vez resulta más difícil salir.

La idea nos parece brillante, por dos motivos: primero, porque el hecho de encerrar a todos los personajes dentro de un solo espacio – y que, encima, sea un plató de televisión – da mucho juego, creando un mundo aparte, donde parece que todo es posible. Y segundo, porque centrar toda la acción en la grabación de un programa de Nochevieja es algo que resulta fascinante cuando de repente nos encontramos con toda la farsa que se esconde detrás.

Álex De la Iglesia nos demuestra que tiene un pulso más que firme con la perfecta realización de Mi gran noche, con una fotografía espectacular y un sentido del ritmo que ya les gustaría a muchos. La película empieza a tope, lo da todo desde el minuto uno, y lo mejor es que no baja el ritmo ni un solo instante. Va para adelante, no se para, te arrolla, pero en ningún momento agobia. Es un festival que hipnotiza y te mantiene pegado a la pantalla, y todo ello sin dejar de reír. Un lujo.

Mi gran noche Festival de San Sebastian

Pero el mérito, claro, no es todo del director. De la Iglesia ha sido listo y se ha rodeado – como en todos sus films, todo sea dicho – de un impresionante reparto que le garantiza risas, locura y éxito seguro. Probablemente uno de los films más corales del director, todos aportan su granito de arena, y no nos atreveríamos a decir quién es protagonista y quién no. Todos se salen. Desde un Hugo Silva mejorado, que se supera por fin a sí mismo después de sus últimos papeles (Los amantes pasajeros, Mentiras y gordas, Las brujas de Zugarramurdi), a una Blanca Suárez pletórica; pasando por una Carmen Machi en un nuevo registro, pero igualmente tronchante, un Mario Casas que vuelve a demostrar que lo suyo no son los papeles de chico malo (véase Tres Metros sobre el Cielo) sino los pardillos y los frikis (Fuga de Cerebros, Las brujas de Zugarramurdi) y un Raphael que descubre una nueva faceta de sí mismo convirtiéndose, a sus 72 años, en actor de cine. Y los que nos dejamos. Todos fantásticos. Aunque claro, también hay que pensar que es mucho más fácil dar lo mejor de ti mismo cuando ruedas este tipo de locuras, dirige Álex de la Iglesia y estás rodeado de todos tus colegas del mundillo del cine español.
Una película hilarante, potente, enérgica e hipnótica, que no deja indiferente y de la que se sale con resaca. Una película que, sin duda, ha sido un divertimento para el director y sus actores, como lo fue en su momento “Murieron por encima de sus posibilidades” para Isaki Lacuesta y compañía. Y para su público, una delicia. Esperamos con impaciencia la siguiente.

Comedia, drama y delicadeza: Yo, él y Raquel

Esta película, gran triunfadora del Festival de Cine de Sundance 2015, nos ha dejado en estado de shock. Nos ha pasado un poco como con Truman, pero multiplicado por diez; no sabíamos lo que íbamos a ver, y nos hemos encontrado con esta joya que emociona y hace reír a partes iguales, que hace pensar y despierta sentimientos profundos, que deja huella y se mantiene en tu cabeza muchas horas después de haberla visto.

Yo, él y Raquel es la historia, narrada en primera persona, de Greg, un adolescente marginado y autodestructivo que un día se encuentra con el “marrón” de tener que quedar con una chica de su instituto, Rachel, a la que han diagnosticado leucemia, por imposición de su madre. A raíz de un primer encuentro no deseado por ninguno de los dos, empiezan una relación de amistad que se va haciendo cada vez más fuerte. Greg y Earl, su mejor amigo, hacen películas en su tiempo libre, y deciden hacerle una a Rachel.

Este es un film maravilloso por muchas razones, pero una de ellas es su guión. Audaz, directo, sensible y delicado, pero a la vez irónico y ocurrente, la trama avanza de manera imprevisible y sorprendiéndonos una vez tras otra, haciéndonos pasar de la risa a la emoción con una facilidad fascinante. Lo mejor de la película es, sin duda, el cambio radical de tono que hace, casi sin avisar. Empieza como una comedia amable, irónica y luminosa, y de repente cambia de piel, y nos lleva a un drama calmado, doloroso y desolador… pero, a su manera, sin dejar de ser luminoso.

Yo el y Raquel Festival de San Sebastian

Otra de las delicias del film es la pareja protagonista, Greg (Thomas Mann) y Rachel (Olivia Cooke), que tienen un feeling que casi se puede palpar y un sentimiento que va mucho más allá de una simple amistad. Gran trabajo de contención, de gestos y miradas, de decir mucho con pocas palabras.

La película nos deja rotos, pero a la vez con buenas sensaciones. Como en paz. Hemos visto dramas, películas que emocionan, algunas lagrimillas en según qué momentos, pero nunca antes habíamos visto, por lo menos en este Festival, a toda una sala llena a rebosar sollozando sin poder contenerse. Un aplauso infinito al terminar la película, y todo el mundo sin poder mediar palabra. Un diez.

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