Crónica 63 Festival de San Sebastián – Día 5

La quinta jornada del festival nos trae dos películas de la Sección Oficial a concurso: el nuevo film de animación de Mamoru Hosoda (director de películas como Digimon Adventure (1999) o Los niños lobo (2012), El chico y la bestia; y El Apóstata, una nueva comedia dramática del director uruguayo Federico Veiroj.

Bakemono no ko (El chico y la bestia)

Mamoru Hosoda presenta en el Festival de San Sebastián su nueva película, El chico y la bestia, con una particularidad: es el primer film de animación de la historia del Festival que compite en la Sección Oficial.

Cuenta la historia de Kyuta, un niño solitario que vive en Tokio, y Kumatetsu, una criatura sobrenatural que vive aislada en el mundo imaginario de las bestias. Un día, Kyuta cruza la frontera entre los dos mundos, y entabla amistad con Kumatetsu, que se convierte en su amigo y guía espiritual. Este encuentro desencadenará multitud de aventuras, que cambiarán las vidas de ambos.

El chico y la bestia es, principalmente, una gran historia de amistad y amor. Y, pese a tocar temas tan recurrentes (sobre todo en el cine japonés) como la relación maestro-discípulo y/o padre-hijo, lo hace de manera original. En lugar de centrarse en un mundo imaginario (el de las bestias) o en el mundo real (el de los humanos), Hosoda decide mezclarlos y obtener así dos puntos de vista, dos maneras de pensar, dos caminos a seguir. De esta manera, la trama se hace más imprevisible de lo que esperábamos, y algunos giros de guion que se agradecen.

Además, relacionado con este hecho de intercalar los dos mundos, el film sorprende porque al principio parece que va a ser una historia centrada en aventuras en mundos imaginarios; pero, en lugar de derivar hacia la fantasía, nos va devolviendo cada cierto tiempo al mundo “real”, a lo que conocemos. Nos pone los pies en la tierra y habla de cuestiones como el paso de niño a hombre, la entrada a la universidad o hasta de temas algo más delicados, como la altísima exigencia y presión a la que algunas familias japonesas someten a sus hijos adolescentes y las consecuencias de esto.

El chico y la bestia Festival de San Sebastian

Y aunque se trata de una historia muy madura, con mucha reflexión detrás, no renuncia en ningún momento a las aventuras fantásticas propias del anime, a hacernos reír en múltiples ocasiones y a obligados momentos de ternura, que llegan a emocionar.

Sin ser un film brillante, ya que quizá se entretiene demasiado en contar todo lo que pasa con mucho detalle, alargando la película más de lo que necesitaría, es el muy agradable de ver, tanto para adultos como para niños. Es el tipo de película que, en un festival como este, con muchas películas de autor y algunas más densas de lo que nos gustaría (en especial en esta edición, con una Sección Oficial muy gris), es todo un respiro de aire fresco. Y se agradece.

El apóstata

Tamayo es un treintañero que pasa por una crisis personal: ninguno de los ámbitos de su vida parece avanzar, y toma una decisión curiosa y de entrada algo absurda para salir de este inmovilismo vital: apostatar. Mientras avanza el tedioso trámite, que no todas las personas de su entorno entienden o comparten, se va dando cuenta de todas las cosas de su vida que necesitan solución, e intenta buscarla. A su manera.

El nuevo film de Veiroj es correcto y entretiene, pero sin ser nada del otro mundo. A caballo entre la comedia y el drama, se deja ver bien y hasta tiene algún momento de genio, pero se queda un poco a medias. El autor no se atreve a forzar la máquina, a llegar un poco más allá con sus personajes. Hay momentos en los que se intuye una voluntad de arriesgar, pero no acaba de hacerlo; y es una lástima, porque quizá eso le habría dado el salero que le falta a la película.

En cambio, una de sus gracias es el personaje protagonista, Tamayo (Álvaro Ogalla), un hombre peculiar que despierta interés, que sorprende y hace gracia, pero con toques mediocres que despiertan una cierta lástima. El film es, en definitiva, el seguimiento del proceso personal por el que Tamayo pasa: cuando toma la decisión de apostatar, siente que tiene algo que hacer y no para de hacer cosas pero, en el fondo, no hace nada. La lucha que mantiene con la Iglesia Católica, que no quiere dejarlo marchar así como así, le sirve de muro tras el cual esconde todo lo demás.

Algo que también echamos en falta en El Apóstata es más presencia de los demás personajes, con un potencial que se ha echado a perder. Una Vicky Peña desaprovechada, una Bárbara Lennie que promete, pero que no tiene oportunidad de lucirse, y Kaiet Rodríguez en el papel de Antonio, un adorable niño con el que el protagonista tiene una bonita relación, y que nos deja todo el rato con ganas de más.

Una película, en resumen, con un argumento suficientemente original y un reparto suficientemente capaz de hacerla grande y potente, y que sin embargo se queda a medio camino. Bien, pero podría mejorar.

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